Foxcatcher

 

Notable Foxcatcher. Y no solo eso. También insólita en el panorama del cine actual de los Estados Unidos. Esta es una película de autor sin concesiones, que trabaja a fondo las posibilidades de la puesta en escena.

Foxcatcher es una fábula, oscura y patética, sobre una América movida por la codicia y el patriotismo.

Mark Schultz (Channing Tatum), un campeón de de lucha grecorromana que tuvo mejores épocas y que vive a la sombra de su hermano, también luchador. Las estrecheces económicas por las que pasa le hacen aceptar una propuesta que no es capaz de rechazar. John Du Pont (Steve Carell), uno de los hombres más ricos de los Estados Unidos, le ofrece entrenarlo y protegerlo hasta obtener un triunfo en las Olimpiadas de Seúl, en 1988. 

 Y todo ello en nombre de América.

El deportista, rudo, elemental, con aires de orangután, se muda a la mansión del millonario y entabla con él una relación apasionante que es el centro de la película. Es una relación hecha de gestos, posturas, miradas.

Esbozada la trama, a Bennet Miller no le interesa desarrollar sus incidentes ni penetrar en las motivaciones del pacto. Lo que le importa es registrar una deriva cada vez más crepuscular, siguiendo a los personajes en sus trayectorias inciertas y cotejos ambiguos.

 Miller calibra los espacios y dispone las figuras en el encuadre. Los fija ahí y los somete a las reglas de la espera y el silencio.

Si el asunto argumental parece llevarnos por un relato de ambición, lucha, competencia y adquisición de astucia y fortaleza corporal, el tratamiento desdramatiza todas esas nociones: la fotografía, de tintes fríos, erradica la euforia; los actores sacan a flote los costados menos ligeros o gráciles de sus físicos; la lucha grecorromana está filmada en planos abiertos, largos, evitando mostrar cualquier exaltación en el triunfo o humillación en la derrota, como suele hacerse a través de la sucesión de encuadres breves, primeros planos, o con la fragmentación nerviosa del montaje. Esa paradoja enriquece a Foxcatcher, que es el anti-“Rocky”. Aquí, los cuerpos no se enfrentan para liquidar al rival sino para convertirse en amasijos, nudos, que parecen querer dar forma a las siempre complejas relaciones entre los personajes.  

El diseño del magnate encarnado por Steve Carell resume el tratamiento de la película: en su caracterización se imponen los gestos mínimos, los largos silencios, la inamovilidad, la espera que se tensa de a pocos y la intensidad de la mirada. La prótesis que lo transforma físicamente no es una herramienta para la exhibición histriónica; es una máscara más de las tantas que Carell construye a lo largo de la película. El águila patriótica es, más bien, un escorpión, como el de la fábula que narra el señor Arkadin en la gran película de Welles. Se muestra atento y generoso, pero solo se revela al dar el aguijonazo final, señal de su naturaleza.

Esa retención en el juego de Carell le da al personaje una compleja ambigüedad. Es frágil y déspota; es infantil pero calculador. Su seriedad roza el patetismo pero también el ridículo. Parece tener afectos profundos, pero acaso no cree en nadie. Es temeroso y despiadado. Rinde culto a la fortaleza física por el placer del triunfo, aunque capaz también a causa de un deseo reprimido. Tiene el poder para manejar los hilos de la situación, pero es un mitómano y acaso un sicópata.

Lo tiene todo y no tiene nada. Turbio e inquietante, Du Pont da pena, risa, miedo.

El personaje de Carell es como una emanación de la mansión Du Pont. Ese lugar de arquitectura patricia y suntuosidad dinástica hace las veces de un personaje más de la película. Ni más ni menos que las deletéreas mansiones de las películas de Hitchcock, ese lugar (los espacios de la madre; las cuadras de los caballos) está cargado de resonancias siniestras y anuncia el estallido del drama por venir. Construida como símbolo de la potencia económica de aquellos que encarnaron los valores de los fundadores del país, ahora cobija a sombras que deambulan. La habita el personaje que encarna el fin de una estirpe: el perturbado neoconservador.

La distancia crítica que asume la mirada de Bennet Miller no aporta frialdad a la película. Por el contrario: detrás de esa impavidez en la observación hay una penetración analítica que quema. La película es un retrato oscuro de los Estados Unidos en tiempos de la rapacidad agitada como valor patriótico. Uno de los hombres más poderosos del país y uno de los más miserables se juntan para descubrir lo que los une: el sentimiento del fracaso más íntimo, que llevan como una marca sobre la piel.

Ricardo Bedoya

 

2 thoughts on “Foxcatcher

  1. Coincido con su apreciación. Miller acierta con la descripción pues nos llega a gráficar con propiedad la relación entre Du Pont y los Hnos schultz… y de antemano Miller se propone no sugerir las motivaciones de Du Pont en el desenlace de la película. La descripción de Miller no especula.
    Tal vez, los q estamos acostumbrados a los finales exultantes o maravillosos esperábamos un poco más, a pesar q la sola figura de Du Pont ya sea suficiente….

  2. Y esta película ya no está en cartelera, apenas duró en ella una semana. Seguramente pesó entre los programadores el hecho de que no está nominada al bendito Oscar como mejor película y la sacaron de golpe, mismo hermanos Schultz cuando aplicaban una llave y dejaban fuera de combate a sus adversarios. En cuanto a la película, buena, llena de matices, extraña al mainstream norteamericano. Lo único malo son las glosas en pantalla informativas sobre “los hechos reales”, una mala costumbre del cine convencional que el bueno de Bennett Miller sigue acogiendo.

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