Vicio propio

 

 

“Vicio propio”, de Paul Thomas Anderson, basada en una novela de Thomas Pynchon, es desconcertante, irregular, compleja y apasionante de cabo a rabo.

Es como una película de detectives privados pero narrada desde el sopor y la confusión del delirio sicodélico, pero despojado de los zooms violentos o los filtros coloridos del Roger Corman  de “The Trip” o del Dennis Hopper de “Easy Rider”.

Como una novela de Ross MacDonald, pero leída con el gesto desconcertado y el talante amodorrado que deja un enganche brutal.

Anderson se lanza a narrar una intrincada historia de crímenes y simulaciones demostrando su indiferencia absoluta a la lógica de la acción, a la causalidad dramática, a la noción del género. Su protagonista es un detective singular, producto del sueño hippie, un californiano de los sesenta que no se ha dado cuenta aun que, en 1970, “the dream is over”.

Si los grandes “privates eyes” del cine se destacan por carácter pragmático, su idealismo, y un toque de cinismo, el Doc Sportello (Joaquin Phoenix en un papel cortado para él) de esta película está sumido en un total desequilibrio y en la incapacidad de analizar las pistas más evidentes. Es un personaje que tiene de yonqui, pero también de héroe romántico y de actor de un filme burlesco, como lo demuestra en el gesto absurdo que hace al mirar la foto de una niña. Y todo a la vez.

La fantasía californiana de las chicas con flores en la cabeza y tan fragantes como manzanas, se convierte aquí en el inicio de tiempos tenebrosos. La época Charles Manson se ha iniciado y la impronta de los crímenes rituales mancha lo que fue la cultura de la paz y el amor. El mundo simple de los sesenta, dividido en categoría binarias y antagónicas (la ciudad deshumanizada versus el campo liberador; la paz exigida contra la guerra; el amor contra el odio, etc.), se revuelve; la Era de Acuario llega a su fin. Pero Sportello no parece darse cuenta de eso y camina por el mundo y por los incidentes de la película sin comprenderlos del todo. No percibe que la cultura que encarna tiene un “vicio inherente”, como el chocolate que empieza a derretirse de modo inevitable porque así es su naturaleza.

Y Anderson se divierte embrollando la acción, sacando personajes nuevos, contrastando el avance de la trama con la voz de una narradora, multiplicando incidentes secundarios, empujando hasta el extremo aquello que caracterizó al mejor cine criminal de los años cuarenta: la ininteligibilidad de las tramas.

Anderson coge al género y le recuerda su “vicio inherente”: la multiplicación de sospechosos, culpables, soplones y policías termina por licuarse en una gran confusión.

Y de eso se trata aquí. De la gran confusión que traen consigo los fines de época, o las transiciones culturales. Doc Sportello es el noble y confuso representante del fin de un tiempo – el de la contracultura-, ni más ni menos que el gatopardesco Príncipe de Salina.

“Vicio propio” es una suma de momentos desgranados, mejores o peores, en los que se trazan viñetas de seres delirantes,  decadentes, poderosos o melancólicos. Variopintos personajes: panteras negras, policías de apetencias fálicas, ángeles del infierno, traficantes de droga, dentistas lascivos, neonazis, la mafia del “Golden Fang”, personajes que mueren y resucitan, políticos y empresarios corruptos. Y las chicas bellas, tristes y confundidas que empiezan a hacer el duelo de sus sueños extraviados.

Las razones o presencias de todos esos personajes no impulsan la progresión de la película. Por el contrario, la empantanan y oscurecen más, aportando un costado humorístico que está en la esencia de la película. Humor pero también lirismo, como ocurre en la bella escena del diálogo con Katherine Waterston desnuda.

Resulta interesante poner en perspectiva esta película. Luego de los personajes emprendedores, manipuladores y monstruosos de “Petróleo sangriento” y “The Master”, encarnaciones malignas de épocas de prosperidad para los Estados Unidos, en “Vicio propio”, Anderson se asoma a una modernidad que lo deja desconcertando, como excedido por los hechos. La historia lineal se pulveriza y se convierte en una sucesión de episodios que provocan perplejidad en el personaje de Sportello y dejan estupefactos a los espectadores. La estupefacción propia de una aventura lisérgica. La perplejidad de un tiempo que se acaba o que, acaso, recién llega.

Ricardo Bedoya

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*
*
Website