Jinetes del espacio en los 85 años de Eastwood

Clint Eastwood es la encarnación del director profesional de Hollywood, del artesano cabal, capaz de construir un western, un policial, un melodrama o un filme de aventuras perfectamente logrado y sólido, eficaz, verosímil, emocionante. Pero es a la vez un autor, que infiltra entre los intersticios del relato genérico las marcas de un estilo sobrio, austero, invisible, y unas preocupaciones que se repiten de filme en filme.

En “Jinetes del espacio” (“Space Cowboys”) presenta a un grupo de veteranos astronautas que parten en misión espacial –cuarenta años después de un viaje frustrado- para reparar un satélite de comunicaciones ruso averiado. El grupo está formado por el responsable, Clint Eastwood, y por tres especialistas en diversos menesteres técnicos que encarnan Tommy Lee Jones, James Garner y Donald Sutherland. La historia tiene dos partes, como tantos relatos de aventuras grupales. En la primera parte, vemos la formación y preparación del “team”; en la segunda, se describe la misión misma. Un brillante epílogo cierra la película.

La cinta es relajada, distendida, jubilosa; siempre está de buen humor. Un humor tónico, seco, que se resuelve en una sonrisa o un guiño. La vejez, el dolor físico, los achaques, los músculos flácidos, las limitaciones corporales de la edad o la idea de la muerte próxima no son aquí motivos de congoja. A lo más se miran con cierto estoicismo.

Eastwood hace una elegía a la juventud recuperada en la ilusión del último trabajo conjunto de una banda de amigos, en los códigos de lealtad encontrados después de cuatro décadas, en el lenguaje de los viejos compinches, en el esfuerzo de la misión bien hecha. Profesionalismo, autoestima, respeto por las debilidades o las fallas de los otros. Esos son los valores que proclama Eastwood, que se dedica a observar, con placer y malicia, a su grupo de amigos.

Al ver la película imaginamos lo bien que deben haberla pasado durante la filmación estos notables actores. Lucen como verdaderos vaqueros que, al encontrarse después de mucho tiempo, recuerdan viejas hazañas en torno de una fogata y con un trago en la mano. Se les siente cómplices, afectuosos, abiertos a jugarse la broma propuesta por Clint: hacer un viaje conjunto al espacio.

Por eso, la primera parte de la película –que encandila al director- describe gestos y comportamientos con cierto aire burlesco. Es la preparación para el esfuerzo físico, el peligro, el suspenso, que se resuelve en los cuarenta y cinco minutos finales de la manera menos esperada.

“Jinetes del espacio” es la antítesis de un filme como “Armagueddon”. Ambos tienen efectos especiales muy elaborados, pero lo que interesa aquí no es la cadena de explosiones ni los choques cósmicos; lo que importa es la fascinación de unos hombres que al fin dan cuenta de una asignatura pendiente: visitar el espacio exterior muchos años después de lo planeado. También importa, claro, ver trabajar al grupo y lucir una destreza que derrota a la de los jóvenes, aun cuando los agote y les cree tensiones.

Esta es, como todas las buenas películas de aventuras, la historia de un gran esfuerzo físico recompensado.

 Pero, además, la cinta es una lección de puesta en escena clásica y, por eso, tiene un aspecto anacrónico, como si fuera una película realizada hace muchos años por algún gran cineasta de la época clásica de Hollywood, tal vez por Howard Hawks.

Si algo define el estilo visual de Clint es su perfecta concisión y economía. Ángulos a nivel de la mirada, planificación clara y lógica, movimientos de cámara de seguimiento, montaje que privilegia la exposición ordenada de los hechos, fotografía luminosa y funcional. Aquí no se admite ningún disfuerzo estilístico. Todo es preciso y ajustado. Y qué mejor ejemplo de esta sobriedad que las dos secuencias de mayor carga emotiva: el embarque en la nave espacial y la decisión de Hawk de ir a conocer la luna. En ambos casos, las tensiones se rompen con un gesto de humor o con un comentario indirecto y sereno sobre el fin de las cosas. 

Ricardo Bedoya

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