No Home Movie: adiós a Chantal Akerman

 

 

Hace unos días murió la cineasta belga Chantal Akerman. Poco antes vi su último filme, “No Home Movie” que adquiere, de pronto, un carácter perturbador, distinto. Se convierte en una “ceremonia del adiós”.

Akerman filma a su madre, una anciana residente en Bruselas, sobreviviente de Auschwitz. La muestra en dos tiempos: en la última fase de su lucidez y, luego, en el desmayo físico previo a la muerte.

Pero grabar a la madre en su hogar, no supone para Akerman hacer una película casera. Es otra cosa.

Lo que vemos es una historia de amor entre dos mujeres; la madre y la hija. Una confinada en los interiores del departamento, en espacios que la cámara no solo registra: los construye.

La otra, cineasta consagrada, viajera, siempre aquí y allá. Akerman siempre fue una directora ubicua y sus películas incorporan las dinámicas del tránsito y los recorridos en sus fisonomías. Películas que son como cartas enviadas desde algún lugar del mundo; mensaje ultramarinos.

Por eso, aquí oímos su voz hablando desde Nueva York, o preparando un viaje a Venecia, o grabando en el África, o partiendo hacia algún lugar. Chantal es, en la película, una presencia furtiva, siempre de paso, pero con una ligazón: la madre, esa presencia raigal.

Hay un momento extraordinario en esta película casi fantasmal: las mujeres conversan por Skype. De pronto, Chantal le dice a la madre que debe cortar porque necesita tiempo para trabajar. La madre acepta de inmediato. Pero en vez de cortar la comunicación de inmediato, inician una despedida que no tiene fin. Se suceden los adioses, las invocaciones y se reiteran las frases de cariño. Ambas tienen acaso el presentimiento de que no volverán a hablar, o que no volverán a hacerlo de esa manera, con plena lucidez.

Luego de esa secuencia, todo cambia. Los interiores iluminados se ensombrecen y la mujer mayor jamás será la misma. Acaso, la hija tampoco.

¿Qué diferencia esta película de muchos otros documentales performativos realizados por hijas o nietas dispuestas a romper los silencios familiares con el apoyo de sus cámaras ligeras?

¿Qué es lo que la convierte en una “No” home movie?

No solo su carácter terminal y ese denso presentimiento de muerte que planea sobre la película.  Tampoco su pasión por el registro meticuloso del gesto estático y de la expectación ante lo inevitable.

La diferencia está en la radicalidad del estilo. Akerman extiende la duración de los encuadres, a pesar del mínimo movimiento interno del campo visual, hasta la extenuación de la mirada, como lo hizo en sus mejores películas, “Je Tu Il Elle” o “Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles” (1975)

Pero esa persistencia de la contemplación no se convierte en un dispositivo conceptual pronto a agotarse a los quince minutos de proyección, como ocurre en tantas películas de hoy. Akerman privilegia el trabajo sensorial de los ruidos, las voces y los silencios moldeados como texturas ásperas, de gran presencia física, lo que aporta sensualidad y calidez, por más mórbida que resulte la situación (como ocurría en “La cautiva” y en “La locura de Almayer”, otras notables películas de Akerman)

 

Mientras que los espacios del departamento, convertidos en escenografías a las que volvemos una y otra vez, aparecen como una suma de formas y volúmenes que van adquiriendo una doble virtualidad: de lugares concretos, habitables, tal como se exponen ante la cámara de Akerman, y de lugares intensos que sostienen una verdadera poética de los espacios. Esa poética que la convirtió en el nexo entre los cineastas de la modernidad, desde Antonioni hasta Straub, con los radicales de estos tiempos, como Hou Hsiao-hsien, Jia Zhangke, Miguel Gomes, Alonso, Lav Diaz, entre otros.

El final, desolador, de “No Home Movie”, deja a Chantal sin ese referente que mantuvo en Bruselas, ese lugar en la tierra al que regresaba siempre. Hasta que el pasado 4 de octubre decidió cortar todas las amarras.

Ricardo Bedoya  

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