Lima independiente: The Act of Killing

                                   

Mercenarios, verdugos y asesinos de la represión en la Indonesia de mediados de los años sesenta, convertidos hoy en “rock stars”, héroes cívicos y ciudadanos modélicos,  ofrecen el espeluznante testimonio de sus crímenes y los representan ante la cámara de Oppenheimer.

Sin duda, la fuerza de los testimonios orales es absorbente y conmueve. La ausencia absoluta de pudor,  culpa y autocrítica de esos repugnantes “actores sociales” propicia el interés y la cercanía casi obscena del documentalista. En las dos horas y cuarenta minutos de proyección pasamos de la morbosa curiosidad por el detalle con que se narran torturas y ejecuciones a la sensación de estar asistiendo a un espectáculo que propicia la fascinación por aquello que condena.

 La exposición de “The Act of Killing” alterna el testimonio directo de los verdugos y la representación “ficcional” de sus actos. Ellos se representan inventando sus propios dispositivos de mirar, su puesta en escena, su perversa dramaturgia. Imaginan los modos en los que el cine industrial y de espectáculo hubiera ilustrado su “epopeya” anticomunista. El imaginario cinematográfico de los verdugos es el de las malas películas de gánsteres, de los filmes de pandillas depredadoras y del musical kitsch, con personajes travestidos, final apoteósico y resurrección final de las víctimas para agradecer lo que sus asesinos hicieron por ellos.

La sublimación fílmica de la vileza es mostrada una y otra vez por Oppenheimer con sus coreografías inspiradas en los musicales del cine asiático de los años cincuenta: se baila entre cascadas de agua o ante una inmensa escenografía de coloreado cartón piedra. Oppenheimer parece rehén de las fantasías redentoras de sus observados. Está secuestrado por ellas, las sirve con unción. El regodeo con el artificio se torna recurrente.

Al final, Anwar, uno de los verdugos, inventor de una técnica de eliminación por estrangulación sin pérdida de sangre, vuelva al escenario de sus peores prácticas y se revuelve con arcadas, que le vienen sin cesar. A esas alturas de la película, el recurso al malestar físico del “actor” parece formar parte de otra representación imaginaria. Acaso es un gesto coreográfico más.    

Ricardo Bedoya

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