Spectre

“Spectre” tiene un arranque auspicioso. El retorno de Bond, como calavera enmascarada, el día de los muertos, tiene un lado festivo y otro siniestro. La celebración colectiva es acompañada por un largo movimiento de cámara que acaba en puro delirio. Pero el personaje, al desenmascararse, aparece tan golpeado y espectral, anacrónico y taciturno como en “Operación Skyfall”. En el pasado, el personaje perdió esposa, amante y “madre”, y está a punto de quedar sin trabajo ni licencia, desembarcado por la tecnología global en tiempos de vigilancia panóptica.

Es un fantasma, es decir, es una metáfora de su pasado, como dice la señorita Cushing de sus espectros literarios en “La cumbre escarlata”.

Daniel Craig carece del encanto perezoso y mundano de Connery y del gesto burlón de Moore. Tampoco muestra la pastosa solemnidad de Pierce Brosnan. Aunque no cesa en el deseo de seguir afiliado a la licencia 00 y al Servicio Secreto de su Majestad, se ha convertido en un espíritu merodeador, un rezago de la Guerra Fría, un nostálgico del Aston Martin.

Con Sam Mendes en la dirección, Bond es un personaje huraño, que parece agobiado por los traumas del pasado. Sigue siendo invencible para sus enemigos, pero sus emociones son frágiles. Tal vez sienta que es una reliquia. Sus técnicas de espionaje y combate han sido reemplazadas por la tecnología y los drones. Sabe que en cualquier momento le espera el tacho de las cosas inútiles.

Bond juega el tiempo de descuentos sin rendirse, pero sabiendo que solo posterga el retiro. Mientras  eso no ocurra, el 007, por más fantasmal que luzca, buscará estar en el centro de la aventura. Y Spectre tiene varios momentos inspirados de acción y humor.

El comienzo de la película en México, en plena fiesta del día de los muertos, es intenso, vistoso y técnicamente impecable. Uno de los mejores inicios de las películas de Bond. Lo que sigue mantiene el interés.

La trama se desarrolla en ambientes oscuros, fotografiados con una estilización mortecina. Bond recorre espacios que parecen imaginados para una serial de la era silente, como laberintos construidos para una película de Fritz Lang. Atraviesa pasillos oscuros y ambientes que parecen sepulcrales mientras busca a su amada por los recovecos de un edificio a punto de ser demolido. Y, de pronto,  vemos la nieve, el blanco que enceguece. La notable fotografía de Spectre pasa del blanco más puro al negro más cargado con notable soltura. Los contrastes visuales son poderosos.

La primera parte de “Spectre”, con las acciones trasladándose de México a Roma, luego a Austria y a Marruecos, concentra lo mejor de la película. Son aportes de Mendes, mejor realizador de filmes de acción que de “dramas prestigiosos”, condenados al Oscar. Aprovecha las texturas de los ambientes; logra potenciar la atmósfera de misterio en la secuencia de la reunión de Spectre -que lanza un guiño a Kubrick-; encuentra giros humorísticos para resolver las escenas más tópicas; juega a Hitchcock en la escena del tren marchando por el desierto; convierte ciertos espacios en visiones de espejismo, como la aparición de esa clínica traslúcida, enclavada en los Alpes, donde hallamos a Léa Seydoux.

Son momentos de inspiración visual y celebración cinética, aunque ninguno de ellos iguale la formidable secuencia “hi-tech” del rascacielos de cristales iluminados de Shangai en “Operación Skyfall”.

Las debilidades de “Spectre” aparecen, nítidas, con el desarrollo del personaje de Léa, actriz formidable y chica Bond de primera pero con un personaje débil y huidizo que se desdibuja conforma avanza la película, y la llegada de la pareja a la guarida del villano Christophe Waltz.

La película entonces se descompone y no logra encontrar el centro de gravedad que tenía “Operación Skyfall”. Agrega, como improvisado empaste, un conflicto fraternal entre protagonista y antagonista que está ahí solo para sembrar un antecedente  traumático a la biografía de Bond.

Waltz falla. Y no por sobreactuar. Más bien por lo contrario. Los mejores villanos de Bond tienen un lado operático y excesivo, desde Goldfinger hasta el Bardem edípico de la película anterior. Aquí, Waltz parece haber dejado el aire de locura y ambición en los sets de Tarantino y Tim Burton. Es un malo de papel. Un torturador cualquiera.

A pesar de todo, “Spectre” es una película apreciable. Y es un mérito del Mendes -y de sus productores- el tomar riesgos ofreciendo un Bond distinto, de matices extraños. Aunque eso tal vez termine alejando al público y matando a la longeva franquicia.

Ricardo Bedoya

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