Transcinema: La academia de las musas

“La academia de las musas”, como otras películas de José Luis Guerín, se interroga sobre las fronteras de la representación: ¿Dónde termina el documento y empieza la “performance”? ¿Cuánto de espontáneo e impremeditado hay en esas largas reflexiones sobre el arte, la vida y la seducción en las que se embarcan el profesor italiano, su esposa y sus alumnas? ¿Cómo mantener la fluencia y la continuidad del discurso en medio de ese torrente de argumentos y teorías estéticas –algunas cotejadas con la vida misma y hasta con el sentido común- que se dicen en italiano, castellano y catalán? ¿Cómo lograr que la película funcione como un juego de espejos que se reenvían, como si fuesen imágenes reflejadas, los aforismos sobre la vida, la poesía y la mitología que lanzan los personajes?

Pero, sobre todo, Guerín se impone un desafío mayor: ¿Cómo extraer una trama de ficción, sobre celos, rivalidades y desengaños (esos insumos del melodrama), perfectamente equilibrada en tiempos y situaciones de expectación, de lo que parece un magma documental, una acumulación de episodios dispersos que simulan el registro en bruto de clases universitarias, conversaciones de café y disputas conyugales?

Porque en esta película, como en los mejores filmes de Rohmer, las trampas y estrategias de la seducción adquieren las formas de un juego intelectual brillante y se filtran a través de teorías sobre el “deber ser” del comportamiento humano, tal como lo modelan los personajes arquetípicos del canon de la literatura occidental clásica.

El profesor Raffaele Pinto es un personaje fascinante: ¿es un hombre confundido, un intelectual que quedó en el pasado, un varón que relee a Dante, a Petrarca y a la mitología clásica desde la óptica estrecha de su mirada patriarcal, es un oportunista, un depredador sexual, un verdadero amante de la literatura, un sátiro o un libertino? ¿Qué es Pinto? ¿Encarna acaso cada una de esas potencialidades para administrarlas en los debidos momentos?

Guerín no da respuestas: solo traza las líneas esenciales de su retrato. Esos esbozos hechos sobre el cuaderno de notas, o la agenda, en que se convierte la película.

Pero también son fascinantes las alumnas, esas musas académicas a veces dóciles, a veces contestatarias. Todas ellas poseídas por una pasión que confronta a Pinto con sus propias armas: las de la retórica y la incesante oralidad. “La academia de las musas” es una película que nos propone oír, más allá de los conceptos, la musicalidad de las entonaciones, inflexiones y acentos.

Ricardo Bedoya 

One thought on “Transcinema: La academia de las musas

  1. Fuera de los debates en el aula y de las discusiones en la intimidad de Pinto con su esposa, la película pierde credibilidad por el desmedido afán de Guerin de hacer de las alumnas musas de la elocuencia incluso dentro de un auto donde normalmente aflorarían pensamientos más banales, acaso morbosos que podrían producir hasta impulsos físicos sexuales. Pero Guerin, al parecer, estaba muy empeñado en superar a Bergman en lo que se refiere el verbo sobre el amor y la existencia logrando su propósito por supuesto pero sacrificando en varias escenas la naturalidad de los diálogos que es algo que el sueco siempre lograba salvar.
    Claro que la película no deja de ser meritoria porque siempre plantea un reto intelectual al espectador que está dentro del aula o al otro lado del espejo, es decir, del vidrio de la ventana o del auto. Y se constata de cierta manera, considerando que estamos entre la realidad y la ficción, la abismal diferencia en la calidad de la educación que hay en el mundo.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*
*
Website