Hombre irracional

“Hombre irracional”, de Woody Allen, es una fábula sobre la libertad personal, el crimen, el castigo y el azar. La inspiran esos cuentos perfectos sobre las fantasías homicidas impunes que urdieron Fritz Lang (“La mujer del cuadro”, “Más allá de la duda”) y Alfred Hitchcock (“La soga”, “Pacto siniestro”), a las que Allen añade citas a los filósofos existencialistas y a Dostoievski.

Joaquin Phoenix, profesor de filosofía en una universidad de la Costa Este, no encuentra el gusto por la vida. Ni la cercanía de dos mujeres que lo estiman logran sacudirle del sopor y la abulia. Una de ellas interpretada por Parker Posey; la otra, por Emma Stone, como una joven y brillante estudiante con la que reflexiona sobre aquello que motiva los actos de la vida, sobre la justicia y la libertad, pero también sobre el acto criminal como gesto estético. Sus convicciones llevan al profesor a convertirse en una variante de Raskolnikov. Pasar de la especulación al acto le devuelve el gusto por la vida. Pero, entonces,  interviene el azar.

Pero esa intervención no solo es un dato argumental. Llega en la forma de una cadena de coincidencias narrativas que descomponen lo que la película tiene de mejor: la alternancia de narraciones dichas con perfecto ritmo y entonación; el ambiente crepuscular de atardeceres marcados por los tonos naranjas y dorados de la fotografía de Darius Khondji; el clima de fantasía perversa que empieza a cumplirse, aún cuando su realización desafíe la lógica y el realismo; la ambigüedad del personaje que instala el juego de Phoenix, de cuerpo pesado y gesto lento, seductor y malévolo, pero también perezoso, desengañado y una pizca melancólico: una suerte de retrato en negativo del Tío Charlie de “La sombra de una duda”. En este caso, Phoenix no prolonga al personaje de Allen, ni calca sus gestos y modos de hablar. Es, más bien, Emma Stone la que irrumpe con las dudas y los estallidos emocionales que suele reservar para sí el director.  

El último tercio de la película acumula casualidades, reitera los debates conceptuales –en clave de manual para dummies-, no sabe si seguir la vía convencional del thriller,  insiste en lo que ya sabemos y toda la historia adquiere la forma de un cuento de final dilatado y reiterativo. Solo hay algo peor que esa conclusión: la memez del personaje del novio de Emma Stone.

Ricardo Bedoya

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