Francofonia. El Louvre bajo la Ocupación

Paso una temporada en la Universidad París-Est Marne-La-Valée y aprovecho para ver las películas que ofrece la cartelera parisina.

Iré comentando brevemente algunas de ellas hasta que regrese a Lima a fines de febrero.

“Francofonia. El Louvre bajo la Ocupación” es la mejor película hecha por Alexander Sokurov desde  “El sol”. Verla en el París de hoy, tenso y resguardado, adquiere un sentido particular. Porque el filme nos habla de una Historia en crisis, de una identidad nacional amenazada y del modo en que una comunidad se ve a sí misma en un momento decisivo.

Como en “El arca rusa”, aquí se da cuenta de episodios históricos vinculados con la historia de un museo. Como en esa película sobre el museo del Hermitage,  aquí también se identifica un lugar con la quintaesencia de la identidad de una nación. Y en ambas se impone un tono elegiaco. En este caso es el lamento por los gestos nobles de dos hombres – uno noble y alemán; el otro, francés y pequeño burgués- separados por diferencias sociales y de formación, pero unidos por el amor al arte y la convicción acerca de la necesidad de salvar las obras del Louvre de la posible destrucción de París por órdenes del alto mando nazi.

Sokurov es un nacionalista conservador, un humanista, y un cineasta que opina y arriesga. El ruso observa a la Europa de hoy y se alarma con lo que percibe, lamentando el curso ruinoso al que la condujo la Historia del siglo XX.  Un siglo que empezó con la muerte de los padres tutelares, Tolstoi y Chekov, y se decantó en la violencia de las revoluciones y el totalitarismo. Siglo aciago, sólo ennoblecido por el “beau geste” de quien se juega todo por el arte.

Pero a diferencia de “El arca rusa”, “Francofonia” es un ensayo fílmico que apela a texturas visuales diversas, formatos varios, tratamientos del color dispares y un montaje que organiza asuntos complejos y debatibles pero expuestos con  afán provocador y virtuosismo formal. Riquisimos materiales de archivo se combinan con recreaciones dramatizadas de episodios que el propio Sokurov conduce, orienta y comenta. Su voz sobreimpresa en la banda de sonido adquiere los acentos del ensayista. Es el hombre que habla de la Francia del pasado, de la Rusia y sus tensiones con Europa, de los grandes museos concebidos como arcas sagradas que guardan las identidades de esas “comunidades imaginadas” que son las naciones, y que alude a las crisis de hoy.

Ricardo Bedoya

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