Cementerio de esplendor

Un personaje de “Cementerio de esplendor”, de Apichatpong Weerasethakul, dice que el lugar más suntuoso que vio en su vida no tenía ni asomo de opulencia. La frase, sin duda, define a la película más austera, desnuda y esencial del tailandés.

Como todos sus filmes, este tambien se desarrolla en el umbral. Esta vez, entre el sueño y la vigilia, pero también entre la enfermedad y la plenitud. Hay tres ambientes centrales: un hospital, un cine y un bosque. Ellos están mostrados  con el más escrupuloso de los realismos, pero se convierten, a fuerza de mirarlos, en lugares encantados. Espacios que se abren a multiples fantasías virtuales. En el hospital yacen soldados que duermen sin interrupción, como estatuas en letargo. En el cine, los espectadores, en trance, contemplan peliculas asiáticas de explotación. En el bosque, dos mujeres, una médium y una dama herida, rememoran un pasado imperial, de reyes guerreros y princesas.

Soñadores, sonámbulos, intermediarios con el más allá o con el inconsciente, diosas encarnadas en muchachas de apariencia cotidiana: esos son los personajes de esta película excepcional, la más radical de su director.

En el mundo legendario de “Cementerio de esplendor” se han anulado las diferencias entre el pasado violento de país y sus mitos fundadores, entre la fantasía narrada y la consistencia material de lo que vemos y entre lo que ocurre a ambos lados de la pantalla.

Y todo transcurre sin necesidad de representar lo fantastico ni tratar de darle forma a lo imaginario. Aquí no encontramos al tigre dorado ni a los simios encarnando a los espíritus de los antepasados, como en otras películas de Apichatpong. Una larga secuencia de paseo por el bosque, filmada con un un respeto por las apariencias de la realidad de temple casi  rosselliniano – el de la caminata por el museo de “Viaje a Italia”- nos conduce a la más potente representación imaginaria. La deriva fantástico se sustenta en el registro riguroso y frontal de lo “real”.

Ricardo Bedoya

 

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