La bruja

Si se hubiese realizado a fines de los años cincuenta o inicios de los sesenta, en los tiempos del floreciente cine de terror británico, y la hubiese firmado alguien tan talentoso como Michael Reeves, “La bruja” no sería un filme tan insólito como lo es hoy.   Su clima siniestro y mórbido, su ambigüedad dramática, su capacidad para sugerir múltiples sentidos, su cuidadoso tratamiento plástico, su rechazo de los efectos especiales al uso, su trabajo sobre el sentimiento de amenaza que llega desde más allá de las fronteras del encuadre y su capacidad para construir un entorno opresivo fundado en los susurros y en los ruidos que saturan la banda sonora, emparientan esta película con una noción clásica -pero no ortodoxa- del cine de terror, muy alejada de los estándares actuales.

La inquietud que provoca esta película de Robert Eggers, ambientada en la Nueva Inglaterra de inicios del siglo XVI, se basa en un paradójico efecto de distanciación y reconocimiento.

Por un lado estamos familiarizados con los “folktales” de brujería, hechizos y sanciones religiosas narradas y representadas en tantos cuentos y películas. Pero, por otro lado, la singularidad de “La bruja” radica en su progresivo deslinde con la tradición. Conforme la película avanza, los esquemas genéricos  se alejan y penetramos en las fantasías de cada uno de los personajes, en sus temores proyectados, en los fanatismo convertidos en visiones de castigo y purificación, en las sexualidades nacientes de los hermanos mayores, en los rigorismos paternos que conducen al sacrificio, en las culpas de la madre transformada en arpía.

Las rigideces de las estampas de época, a las que remiten las primeras escenas del filme, se disuelven en una sucesión de incidentes que solo responden a la lógica del sueño o de la turbación erótica. Turbación representada con fantasías de dolor y mutilación: la agonía de Caleb, tan parecida a un orgasmo; la imagen del seno de la madre lactante picoteada por un cuervo; la ruta del macho cabrío seguida por Thomasin. El trabajoso “realismo” de la recreación se desliza hacia la figuración suprarrealista sin que se alteren la continuidad narrativa, el estilo visual -basado en la iluminación fría de exteriores y de las luces contrapicadas de las velas en interiores-, ni la fluencia del relato.

Pervirtiendo el ideal autárquico del padre, que desafía a las tierras salvajes, al bosque y sus tinieblas, “La bruja” es una fábula sobre los gérmenes del fanatismo y los desastres que trae consigo. Sin duda, Eggers admira “La cinta blanca”, de Haneke, referencia mayor de esta lograda y sorprendente película.

Ricardo Bedoya

 

One thought on “La bruja

  1. Recomiendo a los cinéfilos ver esta película, si es que se mantiene en cartelera, en una función donde la sala tenga la menor cantidad de público. Es que es insoportable escuchar los comentarios y reacciones de la gente, acostumbrada a los convencionalismos del género, que no termina de enterarse de qué va la película y hacen perder la concentración. Bien haría el Centro Cultural PUCP si la programa en su sede.

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