¡Salve, César!

Le llamaban “el genio del sistema” y funcionó sin fallas durante tres décadas. Pocas películas del Hollywood clásico –de los años treinta hasta los cincuenta- son nulas de cabo a rabo. Hasta las peores tienen un elemento que las redime: la frase de un diálogo, una actuación secundaria, la mirada de algún actor, un asomo de autenticidad. El sistema funcionaba sobre competencias en equilibrio, con profesionales del espectáculo dando lo mejor de sí.  Mientras, en la trastienda, detrás de las cámaras, los escándalos eran silenciados por especialistas del chantaje y el arreglo por lo bajo.

Ese es el “tinseltown” de 1951 que recrean Joel y Ethan Coen en “¡Salve, César!”.

En un lado, está el Hollywood del productor glamoroso; en el otro, el del “fixer”, el mediador encargado del trabajo sucio.  Un rufián que se lleva la mejor parte: Eddie Mannix (magnífico Josh Brolin) es católico contrito, padre de familia, hombre duro y especialista en echar tierra sobre los desaguisados cometidos por las “stars”. Brolin lo encarna con aire de “consigliere” mafioso, cucufato compulsivo y empeñoso oficinista a la vez.

Sus correrías pretenden dar unidad dramática a una película que tiene momentos logrados, pero que se desgajan del conjunto. Algunas escenas se despegan como páginas de un libro mal empastado. “¡Salve, César!” es una suma de sketches bien amueblados, vistosos, irónicos, más o menos divertidos o ligeros, pero lastrados por un humor teórico y una puesta en escena ilustrativa y rígida. Un asunto fascinante pero desprovisto de gracia visual y sustancia.

Una de las secuencias más insípidas de toda la carrera de los Coen es el pastiche musical que muestra a Scarlett Johansson  más empapada que Esther Williams emergiendo de las piscinas de la Metro Goldwyn Mayer. O las escenas en que George Clooney, enfundado en traje romano, roba cámaras y hace de las suyas, gesticulando ante un Redentor de espaldas, como sacado de “Ben Hur”, de “El manto sagrado” o de alguna película de matiné de Viernes Santo.

Aciertan, en cambio, dejando que un amanerado Ralph Fiennes (¿aludiendo a Gregory LaCava, a Mitchell Leisen, a George Cukor, a Mervyn LeRoy?) dé lecciones de dicción al vaquero Alden Ehrenreich. Un verdadero temple humorístico, basado en la repetición de un error y sus variaciones, se apunta ahí.

O imaginando una logia de escritores comunistas, desafiantes al macartismo, presididos por un tal Doctor Marcuse, reunidos en una mansión de la costa para discutir los postulados de la Escuela de Frankfurt.

O convirtiendo a Channing Tatum, el “dancer”, en un “héroe positivo” y prócer soviético (es manifiesta la alusión a Gene Kelly, casado con Betsy Blair, una simpatizante comunista), aunque su momento de baile parezca el tímido simulacro de algún pasaje de “On the Town”, de Kelly y Stanley Donen.

En esos momentos –y solo en ésos- el sarcasmo de los Coen muestra su filo y la película logra desperezarse.

 

Ricardo Bedoya   

Es la versión ampliada del comentario aparecido en la revista Caretas del 31 de marzo de 2016.

 

 

 

 

One thought on “¡Salve, César!

  1. Quizás lo que le molesta al Sr. Bedoya es que los Coen muestran el lado frívolo e ingenuo de las producciones de la época dorada de Hollywood y lo satirizan. Pero esto sucede detrás de cámaras o en medio de los rodajes. Solo en una escena se muestra una película terminada, esa de la “luna perezosa” que más parece una obra de teatro que un filme y ahí sí le doy la razón. Pero el resto está en proceso y de lo que se trata también es de mostrar el gran esfuerzo de producción física que demandaba cada película, con estudios y escenarios gigantescos como la recreación de Roma donde se ve cruzar a Eddie Mannix como si fuera un tribuno o un potentado del siglo XX. Hollywood aparece como el mayor centro de poder ficticio del mundo que sin embargo es capaz de competir con los poderes reales más siniestros y tremendos del Mundo como el que tenían los fabricantes de la bomba H. Y por otro lado está la burla del ambiente macartista y de la lista negra tratada en forma caricaturesca e insatisfactoria en “Trumbo” pero que aquí está muy lograda porque termina como si fuera una super producción más con un submarino soviético incluido. Extraordinario. Por lo demás yo no creo que los Coen se quieran reír de Gene Kelly, de Cecil B. de Mille o de Charlton Heston. Más bien, se ríen de ellos mismos en la parte religiosa y eso es una constante en su cine.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*
*
Website