Buenas noches mamá

Una franja del cine austríaco actual propone imágenes del horror cotidiano. Ahí están los filmes de Haneke, que encuentran la semilla del mal en la trivialidad del día a día. O las películas de Ulrich Seidl, que hallan la monstruosidad en la trastienda de la vida doméstica.

“Buenas noches mamá” es una película de terror realizada en Austria. La dirigen Severin Fiala y Veronika Franz, colaboradora de Seidl.

La trama enfrenta a dos niños, gemelos, con su madre, una mujer joven y bella, figura de la televisión, que un día regresa a casa con el rostro vendado luego de hacerse una cirugía plástica.

La familiaridad se quiebra. El cuento veraniego y campestre, el de los juegos por el campo de maíz, se ensombrece. Los niños desconocen a la madre, la ven como a una intrusa. ¿Quién es esa mujer que oculta su rostro? ¿Es una bruja que ha ingresado al hogar? ¿Es la villana vanidosa del cuento? ¿Es una usurpadora que los quiere expulsar del pequeño reino de la felicidad infantil?

Aquí, el terror no llega de fuera. Ni acechan fantasmas ni otros espantajos. El miedo surge de un cuerpo alterado, de unos “ojos sin rostro” y de una disociación de la conciencia. Y de esa materia que se descompone y es de la misma naturaleza que la de los más repugnantes insectos.

Inquietan el desconcierto ante lo ordinario y el desdoblamiento de personajes y espacios.  

El paisaje apacible se convierte en un entorno hostil; la mansión modernísima en una cámara de torturas; la madre en una muñeca siniestra; el rostro público de la mujer en una cabeza vendada que remite a terrores primitivos, los de la momia y la mortaja; el cuerpo en desechos orgánicos; las certidumbres en sospechas; los juegos infantiles en prácticas sádicas y juegos de masacre, y la dualidad de los gemelos en un hecho perturbador: son niños de nueve años, pero también invasores enmascarados. Como en Cronenberg, Robert Mulligan y DePalma, esa fraternidad tiene algo de monstruoso.

Sin duda, la primera mitad de la película resulta más lograda. Instala una atmósfera mórbida que le debe mucho a la simetría de los encuadres y a una fotografía que esquiva la nitidez del realismo.

El giro explicativo de la historia solo sirve para despejar incógnitas y aclarar lo que ya estaba apuntado.   

Ricardo Bedoya

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