La vida es una canción

Hace unas semanas, hablando de “Locos de amor” recordamos otra “película con canciones”, pero de una estilización radical: “La vida es una canción”, de Alain Resnais.  Aquí va un comentario sacado del archivo.

La fama de Alain Resnais se asocia con la de aquellos filmes emblemáticos de la modernidad cinematográfica de fines de los años cincuenta y sesenta: “Hiroshima, mi amor”, “El año pasado en Marienbad”, “Muriel”, “La guerra ha terminado”, “Te amo, te amo”. Enfrentado a la encrucijada del relato clásico y las formas tradicionales de producción, Resnais apostó entonces por un “cine de autor” riguroso y exigente.

Asociado a guionistas del temperamento de Marguerite Duras, Alain Robbe-Grillet y Jorge Semprun, su cine  recorrió los vericuetos de la memoria fascinada por el laberinto del “déjà vu”. Eliminando las marcas o los signos de paso entre la vigilia y el sueño o la realidad y su figuración imaginaria, logró cintas de acceso difícil pero de capacidad incantatoria. Han pasado muchos años y el “moderno” ha cambiado. “La vida es una canción” (1997) es clara, ordenada y luminosa, aun cuando las chispas de la experimentación y la inquietud creativa estallan a cada momento.

“La vida es una canción” nos muestra a un vanguardista sosegado. Resnais, pasado los setenta años, hace una comedia de enredos sentimentales, confusiones amorosas y equivocaciones, teniendo a París como escenario de los azarosos encuentros.

Por cierto, el tono de la cinta es relajado, plácido y amable, como se espera de una comedia de este tipo aunque, por ratos, se apunten acentos melancólicos, de mayor o menor gravedad, siempre asociados al temperamento de sus protagonistas, volubles y taciturnos.

Hay algo en la trama –mejor, en el planteo dramático, en el engarce de las situaciones y las alternativas de los personajes- que recuerda los equívocos de los filmes de Eric Rohmer. Los personajes de Resnais tienen más edad y acumulan neurosis (hay hipocondríacos, lánguidos y melancólicos), pero unos y otros están dispuestos a intentar el juego de las afinidades electivas amorosas.

Pero la plácida madurez de “La vida es una canción” no indica que Resnais haya abandonado sus temas queridos ni sus viejas tretas modernistas. Lo que ocurre es que ahora sus tácticas no son las del hermetismo o las del quiebre de las referencias temporales. Nada de eso. Resnais busca la complicidad del espectador, le hace guiños y le invita a seguir un juego singular.

Planteada la “comedia de boulevard”, los actores se lanzan de pronto a entonar líneas musicales, las frases de alguna canción popular. Pero no lo hacen con sus voces. Resnais apela al recurso del “playback” y sincroniza el movimiento de los labios de los actores con la interpretación de algún celebre intérprete. Lo que no convierte a “La vida es una canción” en una cinta musical, sino en una película con canciones. Canciones que nunca escuchamos en su integridad, porque su presencia sólo es un modo de recordarnos que estamos en una representación y que las cosas del cine se rigen por reglas que no son las de la vida ordinaria.

Desde el inicio se plantean las reglas del juego y la arbitrariedad: la acción arranca con las imágenes de un general nazi cantando con la voz de Josephine Baker.

Pero no todo tiene esa dimensión despreocupada y ligera. Los asuntos que marcaron las películas clásicas de Resnais (el pasado, la memoria, el laberinto) vuelven con fuerza y le dan a “La vida es una canción” un acento más personal de lo que parece a primera vista.  Así, las canciones que irrumpen en los labios de los personajes actualizan la vivencia del ayer, aboliendo épocas, estilos y períodos. La curiosa sincronía que se establece entre actores y canciones tiene mucho de juego, pero también de viaje por el tiempo. Las voces de Josephine Baker, Piaf, Dalida, Aznavour, Jane Birkin, están allí como un modo de reclamar la vigencia del pasado y señalar el peso que mantiene en la memoria de los personajes.

Memoria que se despliega en un laberinto geográfico. “La vida es una canción”  traza una topografía insólita de París, convertida en un espacio de citas y cruces imprevistos, luciendo como un decorado teatral. Montmartre y la Torre Eiffel parecen figuras recortadas en cartón y contempladas a la distancia del balcón de un departamento donde el sol se pone en segundos, al compás del romanticismo de sus huéspedes, Lambert Wilson y Agnés Jaoui .

Resnais se ríe del realismo y de la verosimilitud. Y no sólo porque la música irrumpe en los momentos menos esperados. También porque esos personajes que encarnan Sabine Azema, Pierre Arditi, André Dussollier o Jean-Pierre Bacri  no son los pequeños burgueses angustiados por los laberintos del tiempo y las apariencias, o los testigos de las catástrofes del siglo (la guerra de España, Hiroshima), como en otras cintas de Resnais. Solo son un grupo colorido de soñadores y románticos, seres de conducta errática y humores caprichosos que parecen adheridos a una adolescencia que ya les dura demasiado.

Ricardo Bedoya

 

 

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