Al este de Lima: Koza

Koza”, de  Iván Ostrochovsky, es una de las que no se pueden perder.

Es una “película de viaje” sin adornos, dura, tan invernal que te deja traspasado, o aterido. El frío, la niebla y la nieve son los elementos que envuelven a unos personajes que llevan tatuado el fracaso. Mejor, que lo han asimilado en el organismo. Lo tienen encarnado.

Su recorrido físico no es más que una forma errática de desplazarse, de ir a ninguna parte, de desplazarse hacia la siguiente caída. Pocas veces el mundo de box ha sido mostrado con esa mirada distante, seca, de ruda compasión, pero ajena a cualquier sensiblería o regodeo en lo bajo. Aquí no encontramos la estilización del film noir, tan próximo a los ambientes del box; tampoco el componente melodramático del fracasado romántico, del antihéroe; ni las fanfarrias celebratorias luego del encarnizado combate. Con un pie en el registro documental, lo que interesa aquí es la observación de los cuerpos magullados, el escaso encanto de los combates, el laconismo de los diálogos, la torpeza y la pesadez de los movimientos en el ring y fuera de él, las miradas extraviadas. Y todo impulsado por una melodía, la balada para un perdedor.

Durante toda la proyección de “Koza” no se puede dejar de pensar en una película genial:  “Fat City”, de John Huston. Están emparientadas  por el box y la tristeza.

Ricardo Bedoya

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