Al este de Lima: El sol abrasador

“El sol abrasador”, del croata  Dalibor Matanic, narra tres historias de amor y desencuentros, en tres décadas distintas, a partir de 1991. Relatos unidos por asuntos comunes: las diferencias entre serbios y croatas, las tensiones étnicas y huellas dejadas por los conflictos que sobrevienen al fragmentarse la vieja Yugoslavia. Y por la dialéctica del amor y el odio.

Pero hay otros elementos que vinculan las narraciones, como la presencia de los mismos actores; el sol y el calor, tórridos, cumpliendo una función sintáctica y metafórica; y una serie de lazos y detalles que rebotan como ecos conforme se desarrollan las acciones.

El episodio más logrado es el primero. El lirismo del paisaje, la luz de los ambientes, el ritmo relajado con el que se alternan los gestos intercambiados por los enamorados, la atmósfera sensual y veraniega, la efusión del romance juvenil, la ingenuidad del muchacho con la trompeta, la erótica lasitud de la chica; toda esa luminosidad se enfrenta a los rencores encarnados por el hermano, ese brutal antagonista. Por un lado, está el clima de esas viejas películas rurales de la Europa del Este, en el estilo de Jirí Menzel o Karel Kachyna, con sus toques costumbristas y celebración de la vida natural.  Por el otro, una intención simbólica que lucha por imponerse y que se resume en un plano que desmerece al conjunto: la imagen de la mano que ya no puede coger la trompeta.

El segundo episodio, al que nos conduce un recorrido a través de las ruinas reales y simbólicas de esas naciones fracturadas, tiene como  atractivo central la presencia de la actriz Tihana Lazovic. Ella se mueve con agresividad. Observa a su “presa”, la rodea, provoca y asalta. El sol que aparece tiene una presencia dramática y guarda correspondencias con el surgimiento y la persistencia del deseo.  De modo paradójico, la composición visual en formato panorámico concentra la mirada en un punto que lo condensa todo: una gota de sudor en la nuca de la chica da cuenta de esa presencia de lo elemental que es capaz de derrotar a cualquier rencor ideológico.

La última historia, ambientada en 2011, se abre a la posibilidad de la reconciliación luego del largo camino de vuelta a casa. Hay un gran momento, el del rave y su explosión dionisíaca, solo afectado por algunos “efectos” visuales psicodélicos innecesarios.

Luego de “Koza”, “El sol abrasador” es de lo más atractivo en competencia.

Ricardo Bedoya     

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