El conjuro 2

James Wan apuesta, esta vez, a lo seguro. Si el primer Conjuro tenía el encanto del horror clásico y el juego con el género, el segundo está encorsetado por la fórmula del susto en serie.

Si en la anterior una muñeca condensaba la impresión de lo siniestro, ahora los sacudones tienen que ser acumulativos. Una monja de apariencia empolvada, un “crooked man” digital, un anciano intermediario de demonios sublevados, un sofá de acompasados movimientos y un zoótropo que gira y gira convocando al espantajo, son los dispositivos que activan situaciones repetidas una y otra vez con escasas variantes. Orgulloso de su indudable pericia técnica, Wan las filma una vez con los encuadres inclinados y en planos fijos; otra vez con la cámara que sale al encuentro de la amenaza; la siguiente, aprovechando el fondo del campo visual donde aparece el horror. Pero todas repitiendo el mismo efecto hasta opacar cualquier misterio o sorpresa.

Lástima que desaproveche lo más sugestivo: el deprimido ambiente familiar inglés en los años del ascenso del thatcherismo; el personaje de la madre de la niña “poseída”, que parece escapada de una película de Mike Leigh pero disuelta en el curso de la acción; la visita del demonio en un hogar tomado por los “males” del abandono y la miseria. A diferencia de “El exorcista” que narraba la simbólica llegada del Demonio a la capital del Imperio en tiempos de crisis petrolera, este Conjuro se muestra indiferente a la significación de la visita de Luzbel a un medio pauperizado justo antes del triunfo del neoliberalismo. Wan prefiere privilegiar el ternurismo de la relación conyugal de los cazafantasmas.

Pero lo más cargante es la moralina religiosa de este horror formateado al gusto de New Line y Warner. Pocas cosas menos terroríficas que ver a Patrick Wilson ahuyentando a los poderes del Averno con una pequeña cruz de pecho. Peor como exorcista que como imitador de Elvis Presley.

Ricardo Bedoya

 

 

 

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