Lima independiente 2016: Cementerio de esplendor

Gran película. Densa, compleja y de imágenes deslumbrantes, como todas de  Apichatpong Weerasethakul. Sin duda, la mejor que he visto en lo que va de 2016. Se proyectará como una presentación especial en Lima independiente.

Un personaje de “Cementerio de esplendor”, de Apichatpong Weerasethakul, dice que el lugar más suntuoso que vio en su vida no tenía ni asomo de opulencia. La frase, sin duda, define a la película más austera y desnuda  del tailandés.

Como todos sus filmes, este tambien se desarrolla en el umbral. Esta vez, entre el sueño y la vigilia, pero también entre la enfermedad y la plenitud. Hay tres ambientes centrales: un hospital, un cine y un parque boscoso. Ellos están mostrados  con el más escrupuloso de los realismos, pero se convierten, a fuerza de mirarlos, en lugares encantados.

Espacios que se abren a multiples fantasías virtuales porque son accesos que nos conducen al otro lado del espejo. En el hospital yacen soldados que duermen sin interrupción, como estatuas en letargo. En el cine, los espectadores, en trance, contemplan peliculas asiáticas de explotación. En el bosque, dos mujeres, una médium y una dama herida, rememoran un pasado imperial, de reyes guerreros y princesas.

Soñadores, sonámbulos, intermediarios con el más allá o con el inconsciente, diosas encarnadas en muchachas de apariencia cotidiana: esos son los personajes de esta película, la más radical y, acaso, la más lograda de su director.

En el mundo legendario de “Cementerio de esplendor” se han anulado las diferencias entre el pasado violento de país y sus mitos fundadores, entre la fantasía narrada y la consistencia material de lo que vemos, y entre lo que sucede a ambos lados de la pantalla. El verdadero cementerio del esplendor está contenido en el sueño de los soldados y en la sabiduría de la médium. Las viejas historias románticas y guerreras del reino de Siam subsisten en la energía de los soñadores, en la memoria, en las narraciones del pasado y en ese mundo subterráneo que colinda con el hospital. Todo en esa zona boscosa lleva las marcas del pasado: los reyes enterrados, las orquídeas resistentes, la estatua de los esqueletos, el árbol marcado por el nivel del agua que se desbordó alguna vez.

Y todo transcurre sin necesidad de representar lo fantastico ni tratar de darle forma a lo imaginario. Aquí no encontramos al deslumbrante  tigre dorado de “Tropical Malady” ni a los simios encarnando a los espíritus de los antepasados de “El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas”. Una larga secuencia de paseo por el parque boscoso, filmada con un respeto por las apariencias de la realidad de temple casi  rosselliniano – el de la caminata por el museo de “Viaje a Italia”- nos conduce a la más potente representación imaginaria. La deriva fantástico se sustenta en el registro riguroso y frontal de lo “real”.

Ricardo Bedoya

Esta nota es una versión ampliada del post publicado en enero de este año.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*
*
Website