Lima independiente 2016: Las mil y una noches

“Las mil y una noches”, de Miguel Gomes, es una película polifónica: deja oír muchas voces y múltiples acentos y entonaciones. Y, al mismo tiempo, diversos imaginarios, ficciones y representaciones. La crisis de Portugal y de Europa toda es leída desde las claves de un libro universal, fuente de relatos maravillosos.

El punto de vista de Scherezade convive aquí con la mirada de un director que se declara perplejo ante su ambicioso proyecto: convertir los padecimientos cotidianos en gran fresco narrativo y simbólico; en una parábola en tres partes y más de seis horas de duración sobre el desastre social que arrasa con las esperanzas de un país, dejándolo exhausto. Gomes se llena de dudas, pretende salir corriendo, pero no se paraliza.  

Al director de “Tabú”, una de las grandes películas de los últimos años,  le sobra imaginación como para limitarse a levantar el puño, flamear las banderas y entonar un himno marcial y militante contra la “élite”, la “troika” y los gerentes de la “austeridad” impuesta por la tecnocracia de Bruselas. O solo para testimoniar lo que significan estos años para los millones que pierden sus trabajos y conocen la pobreza.

Prefiere intentar, como Jean Vigo, la “ficción documentada”, alimentando las fantasías que nacen de la observación y se sustentan en el reportaje documental.

En estas “mil y una noches” no aparecen alfombras voladoras sobre Bagdad ni se asoman John Hall ni Maria Montez; solo se entretejen las narrativas del fracaso y de los miedos al futuro, como los que padecen de los trabajadores de un astillero que muy pronto quedarán desempleados, con cuentos legendarios y personajes fantásticos: gallos procesados por decisión popular, animales parlantes, ballenas que gestan sirenas, fascinantes y conmovedores pajareros, bandoleros heroicos, poderosos afectados de priapismo, entre otras fabulaciones.

Las materias primas son las mismas que alimentan la cultura popular: los relatos orales, las tradiciones locales, las leyendas rurales, las canciones de siempre, las consejas de las abuelas, las quejas de los desesperanzados. Gomes recoge todos esos discursos respetando las entonaciones y las texturas de las voces de los enunciadores.    

Por eso, la película, en cada uno de sus tramos, cambia de registros, de narradores y de tratamientos. Del reportaje trucado, impregnado de ficción,  a la manera de “Aquel querido mes de agosto”, pasa a la simulación de un western; de la fidelidad al espíritu de un texto literario clásico salta a su “traición” argumental y su relectura creativa; del “realismo” de la mirada documental se traslada al absurdo o a la anotación humorística.

La autoficción se alterna con el cuento maravilloso; el ensayo; la “performance”; la parodia; la representación folclórica; la alegoría; la farsa carnavalesca que se burla del poder; la fantasía primitiva y anti realista en el estilo de “Pajaritos y pajarracos” y, claro, de “Las mil y una noches”, de Pasolini;  a la vez que se modifican las texturas visuales provocadas por el paso del granulado 16 mm. al 35 mm. Y se celebra la música pop de los ochenta, mientras se impone el bolero “Perfidia” en muchas versiones distintas.  Y el filme político incorpora las dimensiones de lo imaginario como parte indesligable de la “realidad”.     

En su apuesta por la abundancia y la desmesura, “Las mil y una noches” no pretende ser redonda ni totalmente lograda. La aridez de algunos pasajes, el carácter didáctico y explicativo de otros, y el abstracto esquematismo de la segunda película son las debilidades que salen al paso.  Son los riegos del que apunto a lo alto.

Ricardo Bedoya   

   

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