Festival de Cine de Lima 2016: el cine de los Dardenne

Luc Dardenne será homenajeado en el Festival. Veremos también una selección de sus películas, y se pasará “La muchacha desconocida”, su filme más reciente. A propósito de ello, publico este artículo que revisa y amplía el que escribí hace algunos años, cuando “El niño” se estrenó en Lima. 

El estilo de las películas de Luc y Jean-Pierre Dardenne es reconocible de inmediato. Los rasgos centrales de sus películas se han convertido en signos distintivos de una franja del cine actual: tramas mínimas, personajes a la deriva, actores naturales, presencia fuerte del entorno social registrado con inmediatez documental, cámara móvil que acosa sin pausa a los protagonistas, estilo ascético, rodajes ligeros.

 “El niño” parte de un dato dramático fuerte: un niño es vendido por su padre, un hombre joven atenazado por la pobreza. Con semejante base argumental, cabría esperar un testimonio aleccionador sobre el tráfico de niños o alguna requisitoria sobre la negligencia del joven padre en el marco de la marginalidad que se incuba en el seno de Europa. No ocurre nada de eso. Los Dardenne rehúyen las admoniciones. Nos interpelan desde otro lugar y con otros métodos.     

 ¿Cómo filmar la deriva y el desconcierto de personajes desvalidos, desechos de las sociedades ricas del primer mundo, sin hacer un tratado de sociología?

 Los Dardenne no construyen relatos novelescos; registran trayectorias, movimientos en falso, objetos que circulan, cuerpos nerviosos, nucas y cuellos tensos, amantes que se estrechan como niños inexpertos, forcejos, rutinas laborales mecánicas, recorridos por calles hostiles, manos ansiosas que cuentan billetes. Y, de pronto, aparecen los gestos de una explosión emocional o los rostros congestionados por el llanto. Como los de “Rosetta”, Olivier Gourmet en “El hijo”, Marion Cotillard en “Dos días, una noche”. Su cine posee una materialidad fuerte y una presencia neta, desnuda, rugosa. 

La cámara acompaña a los obsesivos supervivientes que deambulan por las periferias de las ciudades, observando los objetos que poseen y trafican; son signos de pertenencia social y tablas de salvación en caso de necesidad. Una cuna, un celular, una casaca o cualquier chuchería se convierten en mercancías. La puesta en escena privilegia la presencia, casi táctil, de objetos que se intercambian a gran velocidad y a mayor o menor precio. Hasta un niño tiene cotización y circula en el mercado, ese territorio perverso, modelado por los flujos de un capitalismo que no se detiene en mirar el rostro de la gente. Todo tiene un valor de cambio, hasta un puesto de trabajo (“Dos días, una noche”), y la cámara de los directores se acerca, sin énfasis, para registrar lo banal y lo monstruoso: los actos de comercio miden con el mismo rasero lo material y lo humano, los objetos y los sentimientos. Todo se compra y todo se vende.

La energía física, urgente, de la cámara en movimiento crea una relación particular de los directores con lo tangible. Los hechos representados están ahí, sobre la pantalla, y no requieren ser explicados. Se muestran sin retórica alguna. Planos breves y cortes secos de montaje. Es la lección de Robert Bresson, el maestro. 

Quedan entre paréntesis las miradas valorativas y los juicios críticos. La venta de un niño, el llanto de su madre (Déborah Francois) o la sorpresa de Bruno (Jérémie Rénier) ante la reacción exasperada de la mujer, son mostrados sin que asomen signos de condena, repulsión o piedad. Los hechos ocurren impulsados por un engranaje social que se percibe al final, a la luz del conjunto, luego de comprobar las marcas que han dejado esas experiencias en cada uno de sus actores. Marcas que no los inmovilizan porque siempre seguirán desplegando energía, creyendo que lograrán  su empeño, aunque sea ilusorio.

En 2005, Luc Dardenne imaginaba un personaje para su siguiente película: “…una joven que tiene todas las razones para estar desesperada y que continúa creyendo que todo es posible. Una verdadera creyente, aun cuando Dios esté muerto”. Persistencia que define también un modo de abordar el cine.

 

Ricardo Bedoya

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