Mulholland Dr.

En una reciente encuesta hecha por la BBC, “Mulholland Dr.” ha sido elegida como la mejor película en lo que va del siglo. Saco del archivo una nota que escribí hace algunos años, cuando la cinta de David Lynch se estrenó en el Perú. Le he hecho algunos cambios y retoques.

Pese a ser uno de los realizadores clave de esta época, a David Lynch lo conocemos poco y mal en el Perú. Sólo se han estrenado “El hombre elefante”, “Duna”, “Terciopelo azul” y “Corazón salvaje”. Nunca llegaron Eraserhead”, “Fuego camina conmigo”, “Lost Highway”, la extraordinaria “The Straigh Story”, su obra maestra, ni “Inland Empire”.

“Mulholland Dr.” es sensual, compleja, por momentos hipnótica. Lynch es uno de esos directores que se mueve con seguridad por los mundos paralelos de la industria estadounidense y del cine de expresión personal. Sus cintas son pesadillas que nos llenan de estupefacción y se resisten a la interpretaciones unívocas.

Aquí, Lynch nos conduce al centro del mundo del oropel, en Hollywood. “Mulholland Dr.” es, junto con “The bad and the Beautiful”, de Vincente Minnelli, la gran película sobre Tinseltown, esa hoguera de las vanidades.

En la ciudad del simulacro confluyen los sueños de éxito de una joven rubia llegada de Canadá y de otra muchacha, morena y enigmática, que ha olvidado algunas cosas de su pasado. La rubia y la morena, arquetipos universales del cine, aluden en su apariencia, papeles y funciones a actrices del pasado como Lana Turner, Veronica Lake o Rita Hayworth. La rubia parece escapada de una comedia sofisticada mientras que la morena llega de un filme criminal renegrido: padece de amnesia, carga con una pasado inquietante, lleva una llave extraña y ha sido víctima de un accidente inexplicable.

Esas dos mujeres se conocen, se aman, intercambian identidades, parecen enloquecer, mueren y resucitan transformadas. En el camino descubren ser encarnaciones de personajes desaparecidos o acaso imaginados por guionistas y productores cinematográficos. Como “El halcón maltés”, están fabricadas con el material del que están hechos los sueños. Como el cine mismo. Al ser ilusorias, da igual que se llamen Camila, Betty, Rita o como sea.

No es casual que ” Mulholland Dr.” se ambiente en Hollywood, al que alguien llamó “fábrica de sueños”. Lynch muestra a esa fábrica produciendo simulacros. El “Club Silencio” los expresa mejor que nada: en su escenario se representa la pasión, el miedo, la fantasía y el artificio del musical. Es un espacio extraterritorial: se accede empleando la llave de los sueños. Y la salida es abrupta: la ilusión no es más que el dominio del playback. El cine no registra las apariencias de la realidad; las construye y las simula.

El nombre de la película evoca una topografía imaginaria que alude por igual al “Sunset Boulevard”, de Billy Wilder, como a los rincones de las novelas de Raymond Chandler. “Mulholland Dr.” es dos cintas en una, con partes diferenciadas. En la primera, los hechos ocurren como en un relato de suspenso que induce a preguntarnos por el motivo de las cosas. Hasta allí, todo se rige por la causalidad. Pero llega la segunda parte, o el otro lado de la representación, comandada por una lógica distinta e interpretada por otros personajes con los mismos rostros. La causalidad se quiebra y cada una de las partes se descubre como el sueño de la otra. El “filme negro” se pulveriza en un juego suprarrealista. “Gilda” transita por las vías de “La conchuela y el clérigo”, o por las del “Orfeo” de Jean Cocteau.

“Mulholland Dr.” está hecha bajo el influjo de tres grandes películas: “Persona” de Bergman, “Vértigo” de Hitchcock y, sobre todo, de “Celine et Julie vont en bateau”, de Jacques Rivette. En todas ellas el cine es un espejo sin fondo y un juego de roles. En él, los participantes o protagonistas no cesan de perder, recobrar, intercambiar y simular identidades.

“Mullholand Dr.” exige que nos abandonemos a ella para sentir sus ritmos, sensualidad y melodías. Apela a los sentidos y, al final, nos pide silencio.

Ricardo Bedoya

 

 

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