No respires

En el juego de la gallinita ciega, el que lleva la venda camina a tientas  y da golpes al aire, repartiendo verdaderos palos de ciego. Como los que propinaban , con mayor o menor eficacia, las aterradas Audrey Hepburn en “Espera la oscuridad”, de Terence Young, y Mia Farrow en Terror ciego, de Richard Fleischer, dos clásicos sobre el acoso entre sombras.

En “No respires”, el juego se invierte. La gallinita es un gallo fiero, o un ave de rapiña, y la oscuridad no juega a favor del que acosa desde un escondrijo. Por el contario, es la condición que permite equilibrar fuerzas y convertir a los agresores, tres ladrones que se la quieren llevar fácil aprovechando la ceguera del dueño de la casa que atacan, en rehenes y víctimas. Fede Álvarez, el director, en complicidad con Sam Raimi, oficiando de productor, se divierten haciendo lo que saben y aman: una película de suspenso que mezcla ingredientes dispares, pero fascinantes, en el estilo de las películas de los setenta y ochenta.

Una casa de la fantasmal y arruinada Detroit en el espacio ideal para el terror, el acoso y el encierro. Hasta ahí llegan los jóvenes de estos duros tiempos, así como los muchachos de los setenta desembarcaban en ambientes rurales empobrecidos y poblados por amenazantes, cuando no siniestros, “hillbillies”. El miedo baja de las montañas para concentrarse en el ruinoso espacio urbano. Aquí o allá, la miseria activa fantasías de revancha. Los violentos de “La pandilla abominable” arrasaban con la boba idealización de la Arcadia natural hecha por hippies y epígonos. El “héroe de la patria” ciego de “No respires”, el que se fajó en Irak, invierte el guion de esos muchachos que enfrentan la bancarrota de la ciudad con las prácticas de “The Bling Ring”, pero sin su canchero glamur. El pantano amenazante se ha trasladado a la ciudad.

Una pizca de filme de atracos; otra de “comandos”;  una porción de película con “secreto tras la puerta”, y una más sobre jóvenes irresponsables que franquean los límites permisibles y entran en la casa equivocada, que se convierte en trampa y prisión. A lo que se añade el juego del gato y el ratón y la memoria de mil películas, desde “Cujo” hasta las de “rednecks”, ahora urbanizados, pero siempre encarnando esa franja de salvajismo o animalidad  que aparece como reacción a la crisis de la modernidad. “No respires” está hecha con todos esos componentes, a los que se suman tres esenciales para obtener el horror: un personaje que amenaza desde la oscuridad y se “monstrifica” desde el plano aquel, impresionante, de sus ojos brillando en la penumbra; un espacio físico que se descubre laberíntico mientras la cámara recorre esquinas y vericuetos; y el empleo de esa estrategia de la sorpresa que imaginó Hitchcock para “Rebeca”: hacer que el personaje ejerza un acoso silencioso, apareciendo en el encuadre de pronto, con sigilo.

 

Ricardo Bedoya

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