Ouija: el origen del mal

“Ouija: el origen del mal” es una atractiva película de terror. La dirige Mike Flanagan, del que vimos, hace un par de semanas, “Visiones extrañas”.

El acierto de esta “Ouija” está en su ambientación y en el trío de protagonistas. Las acciones se desarrollan en Los Angeles, en 1967. Los personajes centrales son una madre (Elizabeth Reaser) y sus dos hijas (Annalise Basso y Lulu Wilson). Ellas llevan el duelo por la muerte reciente del padre y se dedican a realizar puestas en escena espectrales. Son sesiones truchas de espiritismo para consuelo de deudos angustiados. Hasta que, de pronto, una tabla ouija se infiltra en la historia.

Flanagan se las agencia para lanzarnos un guiño de complicidad desde la imagen inicial, con la cortina que se corre para dejarnos ver el teatro ilusionista. Seremos testigos de la tramoya del engaño representado, que es el de la película misma. Se impone el recuerdo del Hitchcock final, el de “Trama macabra”  (“Family Plot”), donde Barbara Harris nos hacía un guiño para invitarnos a creer hasta en lo improbable.

La primera parte de la película deja ver la mano de un director que no se contenta solo con el susto y el sacudón. Estiliza la fotografía para darnos una evocación otoñal de fines de la década de los sesenta, que suele ser presentada en clave pop.

El miedo sobrenatural viene precedido de otras aflicciones: el luto, las estrecheces económicas familiares, la tensión de la madre con la hija mayor, la amenaza del remate de la casa hipotecada. Una casa de interiores sombríos, en la que se filtran las luces naranjas del atardecer. La memoria de los años sesenta no es complaciente, ni retro, ni “vintage”; se vuelve inquietante y nos prepara para el horror que vendrá. Los problemas domésticos y el tránsito hacia la  adolescencia de la hija menor son campos fértiles para el inicio de la “posesión”.

Flanagan conoce de memoria la historia del cine de terror y la película está llena de referencias al pasado. El espíritu de “El exorcista” aparece una y otra vez. Es la referencia obvia. Más estimulantes resultan sus apropiaciones de las películas de trucos artesanales e ingenuos que hacía el productor William Castle en los años cincuenta y sesenta. Como en ellas, el miedo es aquí el resultado de un engaño consentido.

Ricardo Bedoya

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