Semana del cine: Sieranevada

Una familia reunida para recordar a un patriarca familiar desaparecido hace poco. La figuración es coral, pero añade a un personaje esencial: el espacio de la casa donde se lleva a cabo la reunión. Y a una invitada silenciosa, pero siempre presente: la cámara instalada en el pasillo central del lugar, lo que le permite avanzar y retroceder mientras sigue a un personaje o a otro, o se asoma a una de las habitaciones, o penetra en una sala, en el comedor o en la cocina. Pero sus lugares preferidos son los umbrales de las puertas. Se estaciona en ellos. Son zonas que le cuesta franquear, acaso porque desde allí puede otear lo que van haciendo unos y otros, o registrar lo que se habla en este ambiente y en el contiguo.

En realidad, el estar en el umbral es el signo de todas las situaciones y personajes de esta película, que es retrato íntimo y fresco colectivo a la vez. El duelo reúne a los personajes,  pero la mayoría de ellos quiere terminar pronto con los ritos luctuosos; durante más de un hora esperan la llegada del pope para comer de una vez, pero el religioso se va y la comida no llega a la mesa, lo que les obliga a seguir esperando; Lary, el deudo central, el hombre fuerte y próspero, está suspendido en la inseguridad que arrastra desde la infancia; la tía Ofelia no resuelve sus problemas con el marido, que amenaza con sabotear la reunión; una drogadicta, ajena a la familia, duerme en un cuarto intentando recuperarse.

Y así, todos están en tránsito, a la espera de algo; acaso de cambiar de rutinas; de que llegue una novia; de que se retiren los intrusos indeseables de la reunión; de acabar de una vez con esa ceremonia que tiene costados ridículos, como el simular la presencia del muerto.

Y, claro, hasta ahí llegan los ecos de fuera. Los atentados en Francia, el 11 de septiembre, la memoria del comunismo, el antisemitismo, la xenofobia. Los conflictos recientes y aún no resueltos. Los que se mantienen en trámite. Los sentimientos que atan a las tradiciones e impiden traspasar el umbral de la modernidad.  

Todos hablan, gritan, gesticulan y discuten en “Sieranevada”, pero nadie diserta ni lanza mensajes. En casi tres horas de proyección, lo que importa es la coreografía en apariencia errática -pero de precisión extraordinaria- de una cámara que privilegia los planos secuencias, pero no evade los cortes para registrar en primer plano un rostro congestionado o un gesto delator. Importa también apuntalar la sensación de encierro, pero sin llevarlo al extremo: las escenas de exteriores de la película tienen la misma tensión de las que transcurren en la casa. (1)

Es verdad que “Sieranevada” recuerda los tratamientos de algunas películas de Berlanga y de Robert Altman. Se podría añadir “La regla del juego”.  Pero las diferencias son mayores que las semejanzas. Cristi Puiu no se ejercita en el arte de la profundidad de campo ni, por el contrario, en el trabajo con las focales largas al estilo Altman, ni deja que se asomen el humor costumbrista, ni los latiguillos verbales, ni el afán satírico,  ni la distancia altiva con los defectos de los personajes. “Sieranevada” lleva la marca del humor del personaje de Lary, irónico y crispado a la vez.

(1) Aunque diferentes en estilo y espíritu, “Sieranevada” evoca dos situaciones  que remiten a la obra de Buñuel, el “huis clos” inexplicable y la postergación del deseo, en este caso del comer.

Ricardo Bedoya

One thought on “Semana del cine: Sieranevada

  1. La mejor película que ví en la semana de la U de Lima. La usual doble lectura de Puiu se multiplicó con la ayuda de su cámara.Luego está “Donald Cried” que espero también comente. El resto me pareció interesante o mediano aunque nada desdeñable.

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