Festival de Lima: Vidrios rotos, de Víctor Erice, una gran película

                         

La obra maestra llegó al final: “Vidrios rotos”, el episodio dirigido por Víctor Erice para el largo “Centro histórico”, tiene la simpleza y la emocionante serenidad  de los clásicos. Es, además, una película política poderosa, que habla de la crisis europea rindiendo homenaje a los trabajadores que la padecen.

En la frontera entre el testimonio auténtico y la representación ficticia, Erice presenta su película como si  fuese un conjunto de tomas que contienen pruebas de actuación para un filme que hará en Portugal. El dispositivo recuerda al de las formidables cintas de Eduardo Coutinho: un grupo de personas comparece ante la cámara y evoca historias de su vida laboral en una fábrica de hilados y tejidos que entró en crisis hace más de dos décadas y de la que, ahora, solo queda un inmueble con los vidrios rotos. 

Pero a difrencia de las películas de Coutinho, que resguarda las apariencias documentales, Erice muestra a personajes que cuentan los detalles del pasado con una perfecta dicción, una bella entonación y una limpieza expositiva que valoriza el acento literario de cada relato. Ese “casting” es una puesta en escena rigurosa y las inflexiones vocales y la gestualidad de sus “actores”, cada vez de mayor edad, marcan el tono de la película: a la vez crítica y tierna; desengañada y afirmativa; nostálgica y humanista.

Y detras de los “actores”, colgada de la pared, vemos una extraordinaria fotografía como único elemento escenográfico: antiguos trabajadores de la fábrica posan ante la cámara que los registra mientras almuerzan en el refectorio. Son centenares de personas, antepasados de los que hara posan ante la cámara de Erice. Los tiempos cambian -tiempos duros los de antes, como los de ahora- pero el dispositivo fotográfico se mantiene para dar cuenta del deterioro. El cine registra los vestigios de un tiempo que parecía de esplendor, pero que ya llevaba los gérmenes de la crisis de hoy. .

En una de las últimas secuencias un actor recita los parlamentos de una obra teatral en la que encarnó a Carlos Marx. Sus palabras también son los vestigios de lo que fue un ideal.

Al final, una melodía tocada en acordeón acompaña el repaso visual a los detalles de la foto. Las miradas de los comensales, fijas ante la cámara, interpelan desde el pasado. La película alcanza entonces los cotas más altas de emoción.

Ricardo Bedoya

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