El conjuro

 

La primera hora de “El conjuro”, de James Wan, resulta muy lograda. Es cuando la película no define su filiación en alguna de las vertiente del cine de horror. ¿Es una película de fantasmas, de brujería, de posesiones demoníacas? Wan se dedica a barajar las cartas de un repertorio clásico: una mansión antigua que esconde secretos; un árbol de ramas resecas que anuncia lo que vendrá; objetos que tienen un costado ominoso; juguetes siniestros; un sótano que abre el camino hacia el pasado; corredores escondidos y túneles desconocidos; un armario que parece ocultar habitantes; inexplicables moretones corporales que se remiten a las manchas de Mia Farrow en el “El bebe de Rosemary”.

Los asuntos evocan a los entrañables filmes de la Hammer y a tantos otros, pero lo que aporta sustancia es el tratamiento cinematográfico aportado por Wan. Encuadres dilatados y sostenidos; planos secuencias con la cámara que se desplaza en recorridos amplios y serenos; ruidos súbitos y modulados para no saturar la banda sonora; un “fuera de campo” sugestivo que encuentra su pico de tensión en la secuencia del juego de las palmadas entre madre e hija; un trabajo fotográfico de colores ocres; un concepto de puesta en escena que privilegia la idea de profundidad: es al fondo del armario, o del pasillo, o del sótano, o del espacio que se encuentra reflejado por el espejo de la caja de música, donde se halla el mal.  Wang huye, como del demonio, de los efectos visuales estrepitosos, de la cámara en mano y de la sobresaturación sonora.

La exploración de la mansión, sus climas, atmósferas, lugares y recovecos resulta apasionante. En verdad, la casa es el personaje central, el más maligno e inquietante, de la película.  

Por eso, los personajes (a pesar de los actores, que están muy bien) tienen menos interés que el lugar. Sobre todo porque el conflicto del personaje de mayor consistencia, encarnado por Vera Farmiga, la especialista en fenómenos paranormales que enfrenta los fantasmas ajenos pero deja sin control a los suyos, que le perturban y llaman desde su propio interior, apenas si queda apuntado. Cuando el misterio se hace carne en los personajes el interés de la película se desinfla. Wan no pierde la compostura pero sí la gracia y la inspiración.

En la media hora final, “El conjuro” se vuelve “eficaz” en el sentido más burocrático e impersonal de la palabra. Asusta repitiendo las fórmulas que ejecutó, hace más treinta años, Stuart Rosenberg en “Horror en Amityville”. O celebrando algunos de los rituales del exorcismo que hemos visto tantas veces desde que Friedkin los canonizó.

Ricardo Bedoya       

 

One thought on “El conjuro

  1. Saludos. Yo pienso que la película empieza a desinflarse desde el momento en que los “investigadores de lo paranormal” entran a la casa. A partir de entonces se nos detalla varios elementos que desconocíamos: los 3 golpes, por ejemplo. Acto seguido pasamos a enterarnos de los suicidios y asesinatos que habían ocurrido en la casa.

    Lo bueno es que el globo, a pesar de los agujeros producto del desgaste con el correr de los minutos, no llega a desinflarse por completo.

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