Las hierbas salvajes

                                             

“Las hierbas salvajes”, de  Alain Resnais, es, en el sentido más estricto del término, una comedia dramática. Narra la historia de una obsesión amorosa que supone, para el personaje encarnado por André Dussollier, el peor de los tormentos. Pero el tratamiento va a contracorriente: es ligero, tiene gracia y no deja pasar ni una pizca de patetismo. Solo algo de nostalgia. Discreta nostalgia.  

Es una pasión que aparece de pronto y se hace urgente y no admite aplazamiento. El personaje masculino de la película encuentra de modo casual una prenda perdida por una desconocida. Eso es suficiente para fascinarse con la mujer esquiva. Es una ilusión imaginaria, un amor a la distancia, pero absorbente y casi angustioso. Su persistencia tiene osytencia El azar ha creado esa pasión y las casualidades juegan un papel decisivo en la película.

La puesta en escena de Resnais da forma a ese juego de probabilidades y desencuentros guiados por el destino. Los movimientos de la cámara son ingrávidos y registran trayectorias y cruces, filman caminatas ansiosas, fragmentan los cuerpos y sus recorridos,  recorren ambientes urbanos, pero también muestran a las hierbas locas del campo que se mueven hacia donde el viento las lleve.

No hay ni asomo de realismo en esta búsqueda de la mujer fantasmal (que se apellida Muir, como el personaje de una de las películas más bellas que se hayan hecho: “El fantasma y la señora Muir”, de Joseph L. Mankiewicz): por el contrario, se apuntan los componentes de lo absurdo y hasta de lo fantástico.   

En la banda sonora escuchamos la voz de un narrador y los soliloquios del protagonista. Ambos dan cuenta de la inspiración novelesca de la película, poblada de personajes soñadores, que parecen actuar como médiums de un deseo que aparece de pronto para agitarlos, como el viento a las hierbas. Hay un lado exaltado y juvenil en esta película hecha por viejos. No son gratuitos  los planos cercanos de las manos y los rostros ajados o manchados de Sabine Azema y de Dussollier. También ellos, sin importar la edad, dan forma a sus sueños: el de tener un encuentro amoroso como si fuesen Grace Kelly y William Holden en una película de Hollywood de los años cincuenta, o el de volar.  

La comedia de boulevard, tan francesa, se trasforma por el tratamiento cinematográfico: calles, interiores y ambientes cotidianos lucen como sets de un musical; la línea principal del relato se desvía del rumbo previsible y nos conduce hacia un final inesperado; aparecen insólitos personajes secundarios, como Mathieu Amalric; el narrador omnisciente duda del contenido de su relato y  se siente sorprendido por las volteretas que da el azar; la paleta de colores pasa de la calidez del musical clásico a los tonos añejos de lo crepuscular. Y el recorrido final nos lleva de la tierra al cielo, de las hierbas a las nubes, en un vuelo que evoca a los clásicos del cine francés, con pilotos resistentes, desde “La règle du jeu” hasta  “Le ciel est à vous”.          

Resnais (1922), cuando se acercaba a los noventa años, filma esta película de hombre joven y libre. Su serena audacia y alegría experimental son propias del que ya no necesita demostrar virtuosismo ni astucia. Y luego ha hecho otra película acaso más fascinante que “Las hierbas salvajes”: “Vous n’avez encore rien vu”.

 

Ricardo Bedoya

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