Los amantes pasajeros

Después de dos películas apasionantes como “Los abrazos rotos” y “La piel que habito”, Almodóvar hace esta comedia inerte.

“Los amantes pasajeros” quiere ser una comedia “screwball”, como las de los treinta y cuarenta: personajes intercambiando diálogos afilados mientras se desplazan por espacios acotados. Diálogos que aluden a relaciones personales, pero también a los sucesos del momento.

Nada de nada. El resultado se parece más bien a una comedia de situaciones televisiva filmada con una cámara neutra, plomiza y estática. Por momentos, solo nos falta escuchar  las risas grabadas.

Las primeras comedias de Almodóvar –que empiezan con “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón” y llegan hasta “Mujeres al borde de un ataque de nervios”- tienen la gracia de la insolencia, el desenfado, la provocación, el mal gusto chirriante convertido en emblema y distintivo formal, el gusto por lo estrafalario, el desaliño narrativo, la sintonía con el  desenfrenado “aire del tiempo”, el disfrute y los guiños de un auténtico cultor de lo pop.

En “Los amantes pasajeros”, nada de esto subsiste. Mejor dicho, parece subsistir, pero está ahí como implante, gesto congelado,  y simulacro.

Antes Almodóvar se dejaba llevar por el arrebatado impulso de su tiempo y su forma de vivir. Ahora, usa la comedia para catequizar y hacer la metáfora de una España convertida en avión que da vueltas en círculo sin saber dónde aterrizar.

El Almodóvar que antes se reía del estrafalario sinsentido de su juventud, pretende ahora que riamos con lo que le angustia.

Los personajes de “Los amantes pasajeros” no son cuerpos para la comedia; son símbolos y remiten siempre a alguno de los temas que resuenan y se debaten en la opinión pública. La vidente va a México para ayudar a encontrar españoles desaparecidos (¿serán, acaso los de la posguerra?); la estrella del destape de los años setenta, ahora Dominatrix, presencia central de la “civilización del espectáculo”, dice que tiene todas las armas para chantajear a los poderosos, de Rey a paje; el empresario defraudador tiene un corazón sangrante; la reina del espectáculo le pregunta al misterioso mexicano si se conocieron en Marbella, tierra de las trafas mayores; el  “purser” Javier Cámara cuenta la historia de un crimen cometido en una aeronave, al que siguió un “pacto de silencio” de muchos años.

Y, para que no queden dudas de la “tesis” expuesta, en la clase económica todos duermen en un sueño profundo e inducido. No perciben así lo que ocurre detrás del telón de este teatro de variedades conducido por frívolos y con un reparto de protagonistas de “primera clase” que son pillos, asesinos, estrellas de una farándula que se ha pervertido  y similares.

Es decir, abundan las ideas de guion pero la formulación dramática (en clave de comedia) se reduce a interminables chistes sobre  “mamadas”. Y la puesta en escena resulta ilustrativa, plana, funcional hasta el bostezo. Como para salir de la rutina, el buen Pedro se anima a inclinar dos veces la cámara, una de ellas mientras filma  a su “cabeza parlante” favorita, Cecilia Roth. Es la única alteración en este filme liso, previsible y pasteurizado.      

¿Javier Cámara, está bien? Sí, como siempre.

¿La secuencia del baile de “I’m so excited” tiene gracia? Sí, pero solo un momento.

¿La escenografía y los vestidos tienen el aire pop de los ochenta? Tal vez, pero parecen recién sacadas de utilería.

¿El final, con los personajes resbalando por la espuma química,  no tiene cierta gracia melancólica, como en algunas comedias del viejo Hollywood? Es cierto, lo tiene y es lo mejor de la película, pero ahí también se asoma el Almodóvar predicador: ese aeropuerto vacío es otro emblema de la España en tiempos de la burbuja inmobiliaria.

Ricardo Bedoya  

2 thoughts on “Los amantes pasajeros

  1. Bueno pero para ser una película “inerte” con “nada de nada” el Sr. Bedoya le ha dedicado un buen trozo de atención. Debe ser porque el director es Almodóvar. Yo francamente la pasé muy bien, riéndome hasta la secuencia de los efectos de las mescalinas cuando se caen todas las máscaras; luego de la cual Lola Dueñas pierde toda su gracia y todo se vuelve obvio y repetitivo. La verdad es que esta película la vi más como una comedia en tiempos de crisis y temas conexos que como una metáfora de la crisis española que es distinto. Más alegórica es la hilarante situación de que todo el avión escuche las conversaciones telefónicas por un fallo en su estructura que la de escuchar comentarios sobre los desaparecidos españoles o la de tener un funcionario estafador en asiento VIP. Pero la verdadera intención de Almodóvar con esta película es dar rienda suelta a su espíritu libre de ataduras morales. Es casi una declaración de principios. Lo malo es que lo asume en tono menor, con personajes cliché, sin recorrer géneros ni hacer giros sorprendentes y eso es lo que le reprochamos.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*
*
Website