Miedo y disgusto en los Estados Unidos: Viral y El fin del sueño americano

¿Qué tienen en común dos películas tan distintas como “Viral” y “El fin del sueño americano”?

La primera es un filme de terror de bajo perfil que recicla varias vertientes del horror, activas desde los años setenta. La otra es una adaptación, que se pretende muy seria, casi solemne, de “Pastoral americana”, la novela de Philip Roth.

“Viral” empieza como una de tantas “teen movies”, con chicas y chicos coqueteando en la escuela. De pronto, un beso largo y húmedo entre dos adolescentes nos pone sobre aviso. Hay algo siniestro que se oculta tras la explosión hormonal. Lo que sigue fluctúa entre lo más tópico y convencional y algunos momentos inspirados de horror y repugnancia. Y de disgusto sexual, miedos súbitos provocados por una amenaza exterior,  y rebeldía contra el padre.  “Viral” elige ingredientes de las más trajinadas películas de zombis contemporáneas para ubicarlas en un horizonte singular: la paranoia política, el contagio a través de las redes, la mundialización de la peste, la América liberal jaqueada por fuerzas oscuras que obligan a la ley marcial, al toque de queda y a la represión indiscriminada.

Como en las fantasías anticomunistas de los años cincuenta, los americanos se convierten, progresivamente, en otros. Sus cuerpos son usurpados y la monstruosidad los asalta en forma de parásitos. Pero a diferencia de las ficciones macartistas, la prevención contra las ideologías deshumanizantes no es lo que prima. Aquí se impone la desconfianza visceral ante el comportamiento del otro, del que tenemos cerca, de nuestra propia hermana, o del padre. Es una América que se divide o se disuelve, inerme, por un mal que llega desde el otro lado del mundo.

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Ewan McGregor , actor y director de “El fin del sueño americano”, narra con acento patético y ceño sombrío, la historia de la familia  Levov, encarnación de un modelo del éxito social tal como se le concebía en los Estados Unidos hasta los días de la inmediata postguerra. Pero el centro del relato no se sitúa en esa época, sino en los años sesenta y sus convulsiones.

Tiempos de luchas sociales y radicalismos juveniles. Embates trágicos de la Historia que los Levov deben encarar. En ese clima, McGregor halla las raíces de los males de hoy, desde la deslocalización laboral hasta los fundamentalismos políticos, religiosos y ecológicos.  En la mirada aterrada –y conservadora- de McGregor, el mundo, en ese momento de la historia, se convirtió en pesadilla, con jóvenes poseídos por algún virus ideológico que los transformó en zombis radicales. La película, con paso cansino, describe una hecatombe. El gueto de marginalidad que elige la joven Levov para purgar sus culpas es el escenario de una ficción post apocalíptica. El miedo y el disgusto no solo se encuentran en los filmes de terror como “Viral”.

 

Ricardo Bedoya     

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