“Goksung” (“The Wailing”)

“Goksung” (“The Wailing”), del coreano Hong-jin Na, el es una de las películas de horror más atractivas y complejas de los últimos años.

Viéndola es imposible dejar de pensar en las relaciones subterráneas que se establecen entre los filmes de horror más allá de los tiempos y las diferencias culturales. Incluso más allá de la red de vínculos intertextuales que mantienen las cintas en tiempos de transnacionalización de las referencias genéricas.

La ambientación rural de “Goksung”; su historia alimentada de tradiciones orales; la singular lógica del relato -que sigue pistas contradictorias, se frena, se desvía, cambia su foco de atención-; su desaliño formal; el cambio continuo del registro genérico que liga al thriller con el fantástico, el drama familiar, la fábula política, el burlesco; y el carácter carnavelesco de algunas situaciones, siempre excesivas y viscerales en la crueldad o el delirio, evocan inmediatamente algunas películas de terror realizadas en las regiones andinas peruanas. Como en muchas de ellas, el Mal acecha en una pequeña comunidad que identifica la amenaza como la manifestación de una culpa, individual o colectiva, que debe exorcizarse.

Los crímenes misteriosos que ocurren en la aldea de Corea del Sur parecieran impulsar un filme de pesquisa en la línea de “Memorias de asesinato”,  de Bong Joon-ho, un clásico coreano. Pero cualquier investigación criminal supone una trama sustentada en la racionalidad expositiva. Y aquí priman la irracionalidad y los terrores atávicos. Fascinantes son los miedos y odios entretejidos en torno de la presencia del extranjero, el ermitaño “Japonés” al que se figura como asesino y caníbal. La figura del Pishtaco -en las múltiples representaciones del mítico personaje ofrecidas por el cine andino peruano- no está lejana.

Como tampoco lo está la representación del chamán que pone en escena un extravagante rito -suerte de versión grotesca de alguno de los “maestros locos” de Rouch- , o de la joven seductora que se transforma en espantajo, a la manera de “La cuda”, entre otras.

Primitivos son los terrores convocados por “Goksung”. Sus demonios son nocturnos y parecen esconderse en el corazón del bosque.

Lástima, “The Wailing” no se ha estrenado ni tiene exhibición anunciada.

 

Ricardo Bedoya

 

 

One thought on ““Goksung” (“The Wailing”)

  1. Efectivamente, “Goksung” (“The Wailing”) tiene muchos elementos en común con las películas de horror andinas; entre otros: su débil causalidad (que sugiere un tipo de narración cuyo origen se halla más en la tradición oral que en la escrita), y la presencia de monstruos que aluden a la amenaza de un enemigo externo, por un lado, o a una autorregulación comunal, por otro. Al instalarse el caos en la comunidad, este debe ser explicado, ya sea por un agente externo o por uno interno, o por ambos. Como señala Ricardo Bedoya, con acierto, el japonés de “Goksung” es muy parecido al pishtaco de la tradición andina; es un extranjero que se alimenta de la sangre de los seres vivos, así como el pishtaco es un foráneo que extrae la grasa de los pobladores. De otro lado, la mujer fantasma de “Goksung” es un monstruo de dentro de la comunidad que atribuye la desgracia familiar a faltas cometidas por el padre.

    En la tradición andina, cuando el caos es producido por una causa interna, esta puede ser el incesto, y la monstruosidad se representa en el jarjacha; varios filmes de horror andinos dan cuenta de ello. Hace unas semanas, durante una visita a Ayacucho, el antropólogo Fredy Ferrúa nos comentaba que el incesto puede ser interpretado en general como una falta contra la familia, y que la familia puede ser entendida de modo extenso, como toda la comunidad; una falta a la reciprocidad dentro de la comunidad, por ejemplo, es una falta contra un hermano que produce un desequilibrio, y podría ser simbolizada con un incesto. Es sintomático que en “Goksung”, no solamente la mujer fantasma enrostre al protagonista sus faltas, que motivan la enfermedad de su hija, sino que en una escena precisa se aluda visual y verbalmente al incesto (cuando el padre levanta el vestido de su hija, mientras ella duerme, para hallar los síntomas de la enfermedad).

    En cuanto a la semejanza del japonés en “Goksung” con el pishtaco, recordemos que cuando se dio la “reaparición” de los pishtacos en Ayacucho en 1987, Juan Ansión y otros antropólogos la atribuyeron a “una desconfianza radical hacia el mundo exterior” de parte de los pobladores que los haría retomar formas ancestrales de regulación social. El caos no podía ser resuelto por el Estado, y entonces para explicar su causa y solución se recurría a la tradición. En “Goksung” es evidente también el fracaso del Estado, representado por el policía protagonista. Y así como el pishtaco en los Andes no solo puede ser blanco (en alusión al español) sino también mestizo (pues se halla “contaminado” por el blanco), en “Goksung”, el chamán mercantilista, quien viene de la ciudad, es una especie de mestizo (maneja un auto moderno, desprecia a los pobladores por ignorantes), y termina por revelarse como aliado del japonés.

    La historia de invasiones de Japón a Corea y los conflictos entre estos dos países resulta indispensable en la lectura del filme, así como la conquista española y la colonización subyacen a los relatos sobre pisthacos. Pero en “Goksung”, como en los relatos andinos, se encuentran temores aún más antiguos vinculados con el contacto de culturas, como es el del contagio de enfermedades desconocidas traídas por el foráneo que podrían causar la desaparición de la comunidad, e inclusive el miedo a la apropiación simbólica (imágenes, objetos) como mecanismo de captura del espíritu de las víctimas. Se encuentran también en “Goksung”, de modo semejante a otros filmes de horror, la atribución del canibalismo al Otro, que representa su carácter no humano, el salvajismo, la involución y el desprecio a la civilización.

    “Goksung”, por último, es un filme bastante conservador. Algunos lo han visto como una alegoría de la xenofobia; pero la instancia narrativa no es crítica con esta, por el contrario, termina por justificar la demonización del extranjero y la desconfianza en el citadino.

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