Luz de luna

¿Qué busca el protagonista de “Luz de luna”? ¿Qué espera encontrar al cabo de ese silencioso tránsito que le lleva desde el  gueto en Miami hasta Atlanta para lugo retornar al punto de origen.

La película traza una trayectoria, la del destino de ese muchacho afroamericano que veremos crecer. La primera secuencia lo dice todo: la cámara gira en torno a dos personajes involucrados en el tráfico de drogas. No hay cortes. El plano secuencia se extiende y muestra, al fondo, el escenario de un Miami que no es el de los ricos y famosos. De pronto, un grupo de muchachos pasa a toda carrera. Persiguen a un niño que escapa como una liebre.

Todos los asuntos de la película están ahí resumidos. El círculo del que no se puede escapar; la velocidad de la persecución; las demandas que hacen correr al protagonista; la fuerza de un espacio que sofoca; la agresión convertida en trato cotidiano y juego brutal.

  Y entonces se empieza a enumerar los tiempos de la película, que son tres. El primero, el de la infancia, lleva como título “Little”, sobrenombre del protagonista. El segundo, el de la pubertad, se llama “Chiron”, nombre legal del personaje. “Black” es el último, y tiene a Chiron convertido ya en un hombre de sólido talante.

Esas tres apelaciones marcan el desarrollo dramático de la película. El niño que no puede ajustar su comportamiento a las demandas de masculinidad del grupo, encuentra en el tercio final de la historia ese significante que deja de irritarle y le define. “Black” es el término que le era esquivo hasta entonces, y al que acomoda su fibrosa masculinidad (la del actor Trevante Rhodes). Esa negritud que se ajusta, en apariencia, a la fantasía del macho gangsta, pero que se despoja de los signos de esa condición (los “bling bling” dentales que lleva) para encarar el deseo auténtico.

Chiron se pasa la película buscando el significante que lo exprese. Construye su apariencia física de acuerdo a lo dispuesto por la heteronormatividad, pero acude a la cita con el amigo de la infancia para confesar lo más íntimo y subvertir el estereotipo. Es entonces que la apelación adquiere un sentido: Chiron, al fin, es “Black”.

En el trayecto, el director Barry Jenkins acumula viñetas: rápidas e intensas en la primera parte; más relajadas en la segunda, y casi contemplativas en la tercera.

Siempre importan los gestos más que las acciones. Nada expresa mejor el derrumbe de la madre de Chiron que su grito silencioso hacia la cámara. La ambigüedad sexual y el deseo reprimido de Kevin se establecen en una serie de retratos sucesivos, en primer plano, del actor André Holland.

La elipsis es una figura recurrente. Aporta un aire titubeante, de historia de aprendizaje en curso de hacerse. Y la fotografía de la película encuentra sus mejores logros en las escenas nocturnas o de interiores, con los colores saturados, o en la secuencia de la primera experiencia sexual de Chiron, frente al mar.

Sin duda, destaca la presencia de Mahershala Ali. Lástima que en sus escenas se imponga un lirismo más bien insistente y fabricado con “imágenes bellas”, como ocurre en el momento de la lección en el mar. El personaje de Juan, convertido en padre por procuración, se concentra en formular “lecciones de vida”.

Ricardo Bedoya

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