Lima independiente 2017: La muerte de Luis XIV

En 1966, durante su fase televisiva, Roberto Rossellini hizo “La toma del poder por Luis XIV”, una obra maestra por donde se le mire. Rosellini despojaba al filme histórico de sus costados espectaculares, de los estruendos de los combates y de los exteriores en grandes planos generales. Los ritos del poder y la gloria del Rey asistido por una legión de secretarios, amanuenses y cortesanos mostraba la cualidad documental del registro de lo ordinario.

Cincuenta años después, el catalán Albert Serra reencuentra la figura del Rey Sol, pero encarando la mortalidad, esa condición que le parecía ajena o, por lo menos, distante. Lo rodean asistentes, notarios, damas de la corte, médicos. Está en su lecho, siempre encerrado en una recámara. En ese ambiente claustral, iluminado en claroscuros, el cuerpo del monarca se descompone. La gangrena avanza mientras los rituales de su entorno aparecen como protocolos terminales.

A diferencia de otras películas de Serra, como “Honor de caballería” o “El canto de los pájaros”, aquí los exteriores están erradicados. Lo que importa es la progresiva sensación de desgaste material, de encierro y descomposición orgánica. Impresiones que estimulan la imaginación sensorial: ahí está el hedor de la gangrena; el olor del incienso real; el sopor provocado por la saturación del ambiente. La película apuesta a potenciar la materialidad de los objetos y de un cuerpo enfrentado al fin inminente y sometido al paso ineluctable del tiempo –en esos dilatados “tiempos muertos” que acompasan el relato-, capaz de corroer hasta las presencias magníficas.

Una presencia como la de Jean-Pierre Léaud. El actor de “Los 400 golpes” y de “Masculino femenino” -verdadero Rey Sol de la Nueva Ola- está en el centro de esta película que, como la de Rossellini, se pone de espaldas a las tradiciones del “filme biográfico” de reconstrucción histórica. Léaud es Luis XIV moribundo, pero también es un cuerpo desgastado que la cámara registra de modo impasible, dando testimonio de su presencia, a la manera de un documento.

Tres imágenes de Léaud enlazadas en un fundido encadenado podrían corroborar el famoso aserto de Cocteau sobre el cine como máquina capaz de registrar a la muerte haciendo su trabajo: la imagen congelada del actor al final de “Los 400 golpes”; su figura reflejada en un espejo mientras repite sin fin “Antoine Doinel” en “Besos robados”; su aparición final en “La muerte de Luis XIV”.

Ricardo Bedoya

 

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