Okja

Su presencia en el último Festival de Cannes agitó el cotarro. No por la audacia de su asunto o tratamiento, ya que es una fábula sobre la fidelidad infantil a una mascota destinada al sacrificio. “Okja”, del coreano Bong Joon-ho, levantó polvareda porque Netflix, su productora, se negó a estrenarla en las salas francesas luego de su exhibición en el festival. La proteccionista ley de ese país señala que debe esperarse tres años desde el estreno público para que una película pueda ofrecerse en un servicio de streaming. Espera inadmisible para la operadora de un negocio audiovisual de escala planetaria que busca satisfacer un consumo doméstico que lo quiere todo aquí y ahora.

“Okja”, que se puede ver en Netflix, pasará a la historia del cine como el título símbolo de una era mutante. Una era en la que las cadenas de salas públicas se han especializado en la exhibición exclusiva de películas estandarizadas, hechas con recetario, semejantes a las salchichas fabricadas por las corporaciones de alimentos procesados que “Okja” denuncia. Un tiempo, como el actual, en el que la que la diversidad del cine se viene trasladando a las plataformas digitales, empeñadas en capturar la atención de públicos amplios. Y en el que Netflix, Amazon, entre otros operadores que vendrán, fichan a realizadores talentosos para obtener esa legitimación cultural de su producción que aportan los festivales de cine y los premios de las academias.

La apariencia de Okja, un simulacro digital de cerdo aunque parezca hipopótamo, refleja el cúmulo de cruces, injertos y mestizajes transnacionales que están detrás de esta película: la dirige un coreano que intenta filmar como Spielberg; tiene espíritu de “blockbuster”, pero está destinada a ser vista a través de dispositivos digitales, que incluyen a los más diminutos smartphones; es un “pudding” multinacional organizado por un coreano, con una actriz británica, dos actores de reparto estadounidenses, dos coprotagonistas, una coreana y la otra creada por algún programa informático apátrida, hablada en coreano y en inglés, y filmada –o grabada- en dos continentes. Por último, es una película que recorre la alfombra roja del Festival de Cannes, pero se da el lujo de ignorar el sistema de la “excepción cultural” europea.

Podría resultar paradójico que una película que anuncia el futuro, recurra a la trama de un clásico como “King Kong” para dar consistencia a su relato. Pero no lo es si pensamos que el rey Kong también llegó en tiempos de cambios radicales para el cine, a inicios del sonoro en los días de la Gran Depresión.

Pero si Kong pisaba fuerte y hacía retumbar las calles de Nueva York, la buena Okja causa desbarajustes en un centro comercial, lo que es signo de los tiempos. Otra diferencia, acorde con el activismo animalista que pregona la película: La buena Okja es aparatosa, pero carece de la fiereza y temperamento de Kong;  resulta tan dócil como Lassie, y casi, casi, tan melosa como la perra de la Metro Goldwyn Mayer.

Ricardo Bedoya

Este comentario amplía el publicado por la revista Caretas en su edición del 6 de julio de 2017.

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