Antes de la medianoche

En “Antes de la medianoche”, prosigue la relación entre Céline y Jesse. Como sabemos, la francesa y el estadounidense se conocieron en Viena. Nueve años después, su encuentro es en París. Ahora, luego de otros nueve años, los hallamos en Grecia.

Antes del amanecer, antes del atardecer y antes de que llegue la medianoche. Las referencias a cada uno de esas etapas de un día son también alusivas a la propia relación de la pareja. Vimos despuntar una relación amorosa. Luego, asistimos a su confirmación. Ahora la vemos en uno de los picos de su crítica plenitud.   

Desde la primera secuencia, Richard Linklater nos ubica en un impase. No estamos en la imponente Viena ni en “Shakespare and Company”, la legendaria librería parisina. Estamos en un lugar aséptico, carente de “aura”, un aeropuerto, ese “no lugar”, como diría Marc Augé. Y no está Céline. Solo vemos a Jesse en compañía de un adolescente reconcentrado. Es su hijo, que regresa a encontrarse con la madre, primera esposa de Jesse, con la que mantiene relaciones tensas.

Es el fin de algo. O al menos, una escena de separación. Primer signo de amargura. Algo se acaba.

El muchacho dice: “ha sido el mejor verano de mi vida”. La afirmación tiene algo asertivo, pero también nostálgico. Anuncia acaso que esa vivencia de la felicidad ahora solo existirá en la memoria. ¿Como los recuerdos vieneses de su padre? ¿Como el reencuentro parisino de Céline y Jesse?

Luego del embarque, aparece Céline. La pareja regresa en auto a un lugar espléndido del sur del Peloponeso. Una gran mansión donde los esperan ilustrados amigos. En el auto descubrimos dos niñas que duermen. Son las hijas de Céline y Jesse, que están unidos desde hace varios años. Ha acabado el verano. Son los últimos momentos de las vacaciones.

La idea del fin de un tiempo, un período o una época feliz está en el centro de las dos primeras secuencias. Se esboza el conflicto.

Jesse y Céline ya no son los jóvenes en plena deriva urbana, los vagabundos slackers de “Antes del amanecer”. Tampoco son la solícita guía y el extranjero prendado de París y de su anfitriona de “Antes del atardecer”. En “Antes de la medianoche”, los recorridos y caminatas vuelven a aparecer pero con destino fijo, con mapa, sin el espíritu del flâneur. La pareja tiene derroteros conocidos y un proyecto de vida. Ese proyecto que está minado por una crisis larvada y que los llevará al hotel de la secuencia final, escenario del estallido.

Desde Viena hasta aquí muchas cosas han cambiado. Por ejemplo, la apariencia física de la pareja. Mejor dicho, de Julie Delpy y de Ethan Hawke. La lozanía quedó atrás. Sus cuerpos son distintos. Hawke cultiva aún ese desaliño que tuvo su punto más bajo en “Antes del atardecer”, con el aspecto demacrado que era consecuencia de una tempestad conyugal. Aquí está recuperado de ese bache, pero los años pasan y le han dejado signos. Es fascinante la cualidad documental de estas películas y el proyecto de registrar a sus personajes-actores cambiando y envejeciendo. Como lo hizo Truffaut, con Jean-Pierre Léaud; como Bergman reencontrando en “Sarabanda” a sus actores de “Escenas de la vida conyugal”. Como Kieslowski y sus rondas de figurantes. Como Demy con los personajes de Lola y Roland Cassard. Vuelven y son los mismos, pero también son otros.  

Y es que el tiempo siempre es un personaje en esta serie de películas que, de momento, es una trilogía. Es el tercer personaje de ellas. En las dos primeras, imponía límites y exigía decisiones. El tiempo acotado de “Antes del atardecer” correspondía al tiempo de la acción y de la película misma. Jesse pulseaba con los minutos y debía decidirse si tomar un avión o corresponder a Céline por su interpretación seductora de Nina Simone. Aquí, la pareja ya no está urgida por los minutos que pasan. Parece tener todos los minutos de la vida futura a su disposición dado el carácter permanente de su convivencia. Pero es la función del tiempo la que ha cambiado.

El tiempo pasa y deteriora. La extraordinaria secuencia del almuerzo de las cuatro parejas dramatiza ese asunto. No solo porque ahí están representadas las épocas de la vida y las diferencias generacionales (una pareja joven; dos de mediana edad, que se equilibran; y dos ancianos) sino porque toda la conversación da cuenta del efecto corrosivo del transcurrir del tiempo y su repercusión en las vidas de los enamorados: el amor romántico y su fin o su mutación; los roles que se asumen en la vida de pareja; la separación definitiva; el recuerdo que queda. Y, al cabo, todos brindan por el tiempo y lo que nos deja. Y por el tránsito inevitable.

Y entonces llega el formidable tercer fragmento o secuencia de la película (de cinco que la conforman): la caminata hasta el hotel. Una larga secuencia con la cámara en trávelin de seguimiento. La conversación parece relajada hasta que Céline evoca una película que vio (“Viaje a Italia”, de Rossellini). La mención dicha al paso nos descubre un sentido oculto y trae a la memoria la imagen de una pareja sepultada por las cenizas del tiempo.  

No es casual que Céline traiga a colación esa película. La suya es también una relación sofocada por el tiempo. Otra vez el tiempo.

La caminata los lleva a una capilla bizantina (presencia del pasado que remite a las ruinas de Pompeya en “Viaje a Italia”, y al monumento de “Copia conforme”, de Kiarostami, una maravillosa película que también dialoga con la obra maestra de Rossellini) y a presenciar el crepúsculo. Se ha comparado este momento con “El rayo verde”, de Rohmer. Alguna similitud existe, pero el sentido es opuesto. El resplandor final del día era, en la cinta del francés, promesa de amor eterno. Aquí confirma que todo llega a su término. La imagen emblemática del romanticismo (la pareja contemplando la puesta del sol) es signo de su clausura. Se acerca el fin del tercer acto de esa obra que empezó, con un talante distinto, en Viena.

La última secuencia de la película cambia el tratamiento visual. De los planos dilatados y frontales que muestran a la pareja en el auto o en el recorrido hasta el hotel, se pasa al campo-contracampo. No es casual ese cambio. Da forma al debate, a la confrontación.

La final es una larga secuencia en dos tiempos (o en tres, si le sumamos el episodio de la terraza) El primer tiempo, notable, con Céline semidesnuda. El segundo, más expositivo e ilustrativo, los muestra jugando papeles distintos y, por ratos intercambiables. La mujer pasional y el hombre racional, o viceversa. Aunque Céline termina por enardecerse.

Y llega el recurso de la “máquina del tiempo” que les permite fingir, jugar, recordar Viena (recordarla, pero no recuperarla) y tratar de reparar lo que parece deteriorado.

No digo más sobre el final para no echar a perder la emoción que provoca “Antes de la medianoche”, una película sobre personajes próximos, cálidos, cada vez más maduros y, por eso, lúcidos e insatisfechos.  

Ricardo Bedoya

4 thoughts on “Antes de la medianoche

  1. Negociar o morir. El diálogo persigue la verdad pero también crea situaciones imprevisibles. Al hablar -sobre todo al hablar sobre el otro- vamos creando mundos que nos pueden distanciar.
    Hay que cultivar el diálogo pero ser conscientes que puede ser una trampa que terminará por perdernos.
    Ambos son inteligentes al hablar pero no lo son tanto como para considerar callarse.

  2. Buen punto sobre el cambio a contraplano para cuando la crisis va tomando forma. A forma de retroalimentar, creo reconocer que la ciudades juegan a ser una especie de ambientes que reflejan las etapas. Venecia como el espacio romántico, lo que se inclina en dirección al idealismo, cuestión que sí no me atrevo a relacionarlo directamente con Italia, mucho menos si me pongo a pensar en su cine porque lo primero que se me viene a la mente es el neorrealismo y la comedia italiana. Está París como la ciudad de la razón. Es curioso que sea aquí que la pareja se haya decidido a estar juntos. Es territorio de Celine, quien siempre aspiró a esa ideología feminista, y que además, respecto a Jesse, en cuestiones de “razonar”, siempre era la que estaba un paso adelante. Y, finalmente, Grecia, un espacio actualmente en crisis y donde efectivamente la relación está en crisis. Grecia está en bancarrota, muy a pesar sigue viva, porque tiene tradición y porque la Unión Europea está salvaguardándola. Respecto a eso, Jesse y Celine también tienen un pasado y una unión paternal, aquella que los obliga a continuar juntos. A ver qué pasa de aquí 9 años.

  3. A ese nivel de apreciación de las escenas, que constituye algo así como un spoiler interpretado que no afecta a los que no la han visto, Bedoya transmite la necesidad de ver la película más de una vez. Y es que dada la sofisticación de la puesta en escena y la enjundia de los diálogos, estamos ante el equivalente de un vino de casta: si eres un crítico o un cinéfilo, sentirás calmadamente sus complejas cualidades y como consecuencia de dicha acción solo tienes que decidir si te gusta o no.
    A mí me agrada desde el principio hasta al final incluso en los momentos más artificiales, me refiero específicamente a la parte donde la pareja camina hacia el hotel, antes de llegar a la capilla bizantina y de la puesta de sol, donde se reproducen los diálogos “culturales” como no sucedía desde hacía 9 años, es decir desde el encuentro en la librería de París. La escena está sacada de contexto y va a contrapelo de los problemas cotidianos de la convivencia pareciendo más un revival de “Antes del atardecer” y un recurso cinematográfico, válido a fin de cuentas, para insertar ciertas ideas de las cuales Bedoya hace mención.
    Pero fuera de las metáforas visuales, la expresividad del entorno y las referencias filmográficas, lo más revelador de la película estriba en que Jesse y Celine quieren llegar a la felicidad tomando caminos diferentes y eso es motivo de conflicto y si hay algo que los une no es el sexo, la familia o la cultura sino el recuerdo de su primer y romántico encuentro fugaz en Viena: la predominancia de la dicha efímera, que vendría a ser la esencia del paso por la vida, sobre la utopía permanente.
    Sea como sea, creo que esta trilogía forjada en el tiempo, dentro de barricas de roble intelectual, con la participación muy activa de Ethan Hawke y July Delpy merece un premio tanto para ellos como para el director a través de este capítulo. Sé que no es el tipo de película que gusta a la Academia pero ahora que se ha convertido en saga y hasta tiene un soundtrack que es lindísimo sus posibilidades aumentan.

  4. No he querido leer el artículo porque quisiera ver la película antes, pero es increible que hasta la fecha la distribuidora Diamond Films no ha coordinado con ninguna de las cadenas de cine la proyección de esta película en la ciudad de PIURA, habiendo aquí Cinemark, Cineplanet y UVK.

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