¡Madre!

“Por un lado tiene gracia; pero por otro lado, ¡maldita la gracia que tiene!”.  La frase, clásica, la dice un personaje de “Cortina rasgada”, de Alfred Hitchcock, al verse embarcado en un aventura riesgosa e inesperada.

Lo mismo puede decirse de “¡Madre!”.

Alguna gracia luce el obsesivo y esforzado  saqueo que hace Darren  Aronofsky de la obra completa de Roman Polanski, de “Cul de sac” a “El bebe de Rosemary”, de “Repulsión” a “El inquilino”, y sigue la cuenta. Los guiños cuajan por momentos, integrándose a una colcha de retazos donde reconocemos fragmentos de “Los magníficos Amberson” de Welles, de “Rebeca” y “Sospecha” de Hitchcock, de algunos Buñuel, de “La última tentación de Cristo”, y hasta de “Las fresas de la amargura”.

Como Aronofsky tiene oficio, el derrotero del personaje de Jennifer Lawrence –que fusiona la trayectoria del Hombre del Gólgota con la pasión de una Dolorosa- crea cierta expectación durante cincuenta minutos. Pobre Jennifer. La cámara la sigue de cerca, la acecha, la fuerza, la registra con expresiones de hartazgo, exasperación y terror crecientes. Aronofsky somete a su actriz a un ejercicio de resistencia que se asemeja más bien a un varapalo. Lección bien aprendida del Kubrick que doblegó a la Shelley Duvall de “El resplandor”, convirtiéndola en un guiñapo. ¡Maldita la gracia que tiene!

Tienen gracia por cierto las apariciones de Michelle Pfeiffer y Ed Harris y las sugerencias ominosas que traen consigo, pero no la tiene el lío de Caín y Abel que corona esa línea del relato. Y menos aún lo tiene el brusco modo en que se saca de escena a los entrometidos personajes para reemplazarlos por una turbamulta que lleva a la película al caos. La desgracia del desmadre narrativo.

Atractiva y con gracia la dirección artística que construye una mansión que evoca ambientes de horror o de melodrama gótico con toques crepusculares. Y el tratamiento fotográfico que acentúa la opacidad del lugar.

Pero la expresividad de la escenografía se somete muy pronto a la pesadez demostrativa de una parábola de acentos religiosos, o ecológicos, o que refiere a la perniciosa cultura de la celebridad, o a los arcanos de la creación artística, o a lo que fuere. Lo mismo da. La mansión se transforma en el microcosmos que remite a la madre naturaleza, a la madre piadosa, a la madre sacrificada, a la madre tierra expoliada, a la casa de la madre de Dios, al tabernáculo del Altísimo, o a lo que se desee, siempre y cuando termine como escenario de una fantasía siniestra de fuego y destrucción.

Porque las hordas llegan para destruirlo todo. Hordas hambrientas, vulgares, que acaban con el pequeño paraíso soñado por la pareja formada por el creador y su sacrificada esposa.  A esas alturas de la proyección, el humor involuntario lo domina todo. Mientras más dramáticas y estentóreas son las situaciones –que incluyen algunas desteñidas escena gore y de canibalismo, además claro de una iconografía de estampita cristina con el Corazón de Jesús expuesto - más hilarantes (o irritantes) resultan. La cumbre humorística se da en el momento en que escuchamos gritar el “pueblo unido jamás será vencido”.

¡Maldita la gracia que tiene!         

 Ricardo Bedoya                

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