Semana del cine 2017: Dawson City, tiempo congelado

“Dawson City, tiempo congelado” es una película fascinante. El realizador Bill Morrison traza, durante dos horas, un retrato de la fragilidad material del cine. De sus soportes inestables, de los riesgos de deterioro que afronta, de las dificultades para su preservación. Pero, al mismo tiempo, es una formidable celebración del cine como instrumento de registro del tiempo, de la historia y de la memoria.

“Dawson City, tiempo congelado” se abre hacia dimensiones múltiples. Empieza narrando la historia del hallazgo casual, en 1978, de centenares de latas conteniendo películas de las primeras décadas del siglo XX. El impulso de una retroexcavadora que hace trabajos en Dawson, un pueblo canadiense en el territorio del Yukón que vivió hace más de un siglo el esplendor de la “fiebre del oro” y su decadencia posterior, remueve las bobinas, sepultadas en lo que fue una piscina y, luego, una cancha de hockey. Ese  hecho es el resorte que dispara a la película hacia territorios cada vez más más amplios.

La indagación histórica se topa con el “material encontrado”. La historia de ese pueblo minero, tocado por la fortuna y por la desgracia, es narrada e interpretada por las imágenes sepultadas durante décadas. Dañadas, con las emulsiones desprendidas del soporte de nitrato, incompletas, encarrujadas, las películas de actualidades se entremezclan con los melodramas, filmes de aventuras, westerns y dramas edificantes o moralizantes en el estilo de aquellos años.  

El relato fundacional del pueblo del oro encuentra correspondencias en las ficciones de un Hollywood que recién modelaba sus formas de representación. Un insólito diálogo se establece entre las fantasías novelescas de las tramas del cine y los incidentes de la historia de Dawson. La universalidad de la “fábrica de ilusiones” asimila los incidentes menudos de la realidad cotidiana de ese pueblo que se resiste a la extinción. La historia de los esfuerzos de los mineros en pos del oro se transmuta en pantomimas chaplinescas o en dramas basados en la codicia de sus protagonistas.

Pero lo más apasionante está en las imágenes cinematográficas rescatadas, ese “found footage” intervenido por Morrison. El sentido nace del modo en que se organizan las imágenes y muestran sus texturas “heridas”: exponen las huellas de la memoria. Los avatares del pueblo –sus momentos de auge y decadencia- quedan impresos sobre la emulsión de los filmes. Pero la degradación material de las películas no borra el esplendor de sus contenidos, aun cuando apenas los vislumbremos.

Las películas se convierten en retratos del lugar, o en representaciones de su “piel”: en ellas reconocemos los pliegues y las manchas dejadas por el tiempo, como sobre la epidermis. Huellas que corresponden a una época que acaso esté ya en vías de clausura: la de los soportes fotoquímicos y la materialidad de lo fílmico. Lo digital no exhibe fisuras: su lozanía es virtual y aspira a la eternidad.  

Ricardo Bedoya    

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