Semana del cine 2017: Adiós al lenguaje

“Adiós al lenguaje” suscita admiración y resistencia a la vez.  Es una película virtuosa y desequilibrada. Provocadora y errática. Libre como pocas, pero marcada por una misantropía declarativa. Plagada de efectos formales deslumbrantes, nunca antes vistos en el cine, pero hilvanados por una sucesión de diálogos que, por momentos, rozan lo banal o lo alambicado.

El gran Godard aparece a cada momento. Su huella está en los gestos de los “protagonistas”, en su desenvoltura y su desnudez. También la encontramos en la insólita organización de la banda sonora, que recoge susurros, diálogos interrumpidos, citas literales o apócrifas, creando una urdimbre que importa por su musicalidad antes que por su sentido explícito o su inteligibilidad. Y está en el extraordinario uso de los efectos estereoscópicos –sin duda, los más originales de la historia del cine- que proponen insólitas posibilidades de montaje al interior del cuadro.

Cuando Godard construye el encuadre con las dos cámaras de la 3D y panea con solo una de ellas, dejando a la otra en el mismo punto de origen, descubre algo: sin necesidad de sobreimpresión, sintetiza dos imágenes, las fusiona. Mejor, propone una forma visual nueva a nuestra perspectiva ocular descentrada.  Con un ojo vemos el encuadre frontal; con el otro, percibimos una situación que transcurre a 45 grados hacia la derecha del encuadre anterior. Dos encuadres en uno, en 3D. Se cumple el deseo cubista de representar sobre una superficie plana, en simultaneidad, lo visible y lo invisible de un mismo espacio. El espacio representado y el “fuera de campo” se encuentran en un “montaje” virtual que crea nuevas zonas y fronteras para la imagen.

También está el Godard que filma la naturaleza con la misma sensualidad con la que contempla los cuerpos de las mujeres jóvenes.   Y el que registra lo cotidiano haciéndonos sentir la naturaleza de su medio y la densidad de los soportes usados: colores saturados de un modo extremo, imágenes pixeleadas o de texturas cambiantes.

Hallamos al Godard de los encuentros inesperados  y del humor provocador. El cineasta de las frases que de tanto repetirse adquieren una cualidad hipnótica y el de las elipsis secas e inexplicables.

Pero también nos topamos con los rastros de un artista quejumbroso, autoconsciente y cerebral, que proclama el fin de todo aquello que es signo de una época que le disgusta o no comprende, o se niega a comprender.

Es la paradoja del autor que crea formas cinematográficas sin cesar, descubriéndolas de película en película, pero que se lamenta del fin de un tiempo, el de los libros impresos y los gestos bellos, como los de Ava Gardner y Gregory Peck en “Las nieves del Kilimanjaro”, de Henry King.

Ya ni los ángeles tienen alas, parece lamentarse Godard. Pero esa melancolía por la pérdida se confunde con el quebranto y el mal humor. Solo importan, al final, las trayectorias de su perra por el bosque y por las inmediaciones del lago. Ahí rigen las leyes de lo natural, de aquello que es refractario a la significación, o de lo que está más acá, o más allá, de cualquier interpretación cultural o código de comunicación. Adiós al lenguaje.

Ricardo Bedoya

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