Semana del cine 2017: Western

“Western”, de la alemana Valeska Grisebach, es una película de gestos mínimos, tensiones soterradas, nostalgias por la tierra que se dejó atrás, encuentros con una cultura distinta, observación de un grupo de hombres que realizan un trabajo colectivo. Un grupo de trabajadores alemanes llega a una zona de Bulgaria para empezar la construcción de las bases de lo que se convertirá en una planta hidroeléctrica.  Son personajes rudos y de modales agresivos. Entre ellos destaca un hombre quieto, Meinhard, que tiene los rasgos de un vaquero clásico, pero que se protege con una leyenda creada: ha sido un legionario, acaso un asesino. Su vínculo con un caballo, su relación con un joven y su capacidad para tender lazos de comunicación con los residentes del lugar, franqueando desconfianzas y diferencias lingüísticas, lo convierten en un hombre de frontera.

Asistimos a los pulsos de poder entre los trabajadores y a sus contiendas. También vemos los gestos de fraternidad que Meinhard construye con uno de los trabajadores, el dolor que se extiende por la muerte de un animal, la relación con una de las mujeres del pueblo, la imposición de las reglas de la supervivencia. Y el descubrimiento de un paisaje fronterizo. Como en los westerns auténticos.

Pero este es un western descentrado, desplazado de su territorio original, que encarna los sentimientos de la era post. Los personajes evocan lo que fueron, o en lo que se han convertido. Estamos en la Bulgaria luego del fin del socialismo, en un territorio de ancestrales encuentros y disputas entre búlgaros y griegos. En cada incidente resuena la experiencia pasada de los combatientes europeos en Irak y los efectos de la extendida crisis europea, de las migraciones y de la presencia invasiva de las multinacionales de la construcción en los países más pobres del Este.  Se imponen el desencanto, la desconfianza ante los extranjeros,  los recelos entre los residentes y los foráneos.

La puesta en escena aprovecha los ambientes rústicos, el laconismo de los personajes, el carácter bronco y las apariencias fieras de los actores naturales o no profesionales, así como la energía de las escenas de grupo en los bailes y las celebraciones. La cámara muestra conductas, trayectorias y gestos. No explica nada. Solo registra una permanente tensión en sordina. El paisaje aparta el marco para un lirismo escueto, sin adornos ni afectación.

Ricardo Bedoya    

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