Semana del cine 2017: Porto

“Porto”, de Gabe Klinger, es la historia de un “ breve encuentro” amoroso entre Mati (Lucie Lucas) y Jake (Anton Yelchin), pero refractado por el prisma de la memoria. Se suceden los puntos de vista de cada uno de los amantes y, luego, el relato que sintetiza las vivencias de ambos. Los tiempos se trastocan, se multiplican las impresiones difusas y se esboza una sensación de incertidumbre acerca de los efectos de esa noche en sus recuerdos y experiencias.

Klinger, siguiendo las lecciones de Richard Linklater (cineasta sobre el que ha escrito diversos textos críticos y realizado una película documental), valoriza lo que ocurre entre sus actores. Atiende a sus miradas y pequeños contactos, potenciando la química que se suscita entre ellos. Filma los intersticios de la relación, valoriza los silencios y las pausas de los interlocutores, los muestra en el trance de la atracción mutua, de la tensión, de la crisis y esboza sus fugaces gestos de expectación. Su romanticismo es de buena ley: no requiere mirar los sentimientos con escepticismo ni ironía.

Pero lo que importa es la atmósfera impresionista de este cuento pasional que tiene como protagonistas a una arqueóloga francesa y un americano errante, acaso a la deriva, fascinado por un lugar y una vivencia que no puede quitar de su memoria. El clima anacrónico de Oporto, la ciudad donde transcurre buena parte de la acción, se suma al tratamiento de las texturas visuales, que pasan del súper 8 a los formatos en 16 y 35 milímetros, a la vez que se modifican los formatos de proyección, desde el apaisado 16:9 hasta el ratio tradicional.  Los tiempos del presente fugitivo y de la memoria elegíaca (una pregunta se repite: ¿acaso lo que perdimos no puede resultar mejor que lo que ganamos?)  toman cuerpo en esas imágenes frágiles y crepusculares, mientras el relato apuesta por la elipsis como figura recurrente

El ambiente nocturno, las travesías relajadas por la ciudad,  el granulado de las imágenes registradas en soporte fotoquímico, la apariencia intemporal de los lugares recorridos (en el estilo de algunas películas de Manoel de Oliveira, el cineasta de Oporto), los matices apagados de la fotografía, los contrastes cromáticos y los virados aportan un aire de languidez y fragilidad permanentes. Si el recuerdo de Alain Resnais está presente, también reconocemos la melancolía empozada en los espacios físicos que encontramos en el cine de Jacques Demy.

Ricardo Bedoya

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