Rolling Thunder Revue

 

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La gira de los funámbulos. De eso trata “Rolling Thunder Revue”, la película de Martin Scorsese, que se puede ver en Netflix, sobre la seguidilla de conciertos que dio Bob Dylan en 1975, manteniéndose siempre sobre la cuerda floja de la verdad y la simulación, del apego a la fidelidad o al impulso de la reinvención permanente, del fracaso o del éxito.

Dylan está en el centro de este complejo ejercicio de ilusionismo, pero cede el espacio por momentos a otros personajes como Sam Shepard, Joan Baez, Patti Smith, Joni Mitchell, Allen Ginsberg, Rick Danko, y hasta a Sharon Stone, extraviada entre “Casi famosos” y “Zelig”, mientras alterna las imágenes de archivo de la gira –entre muchas otras tomadas de aquí y de allá- con las de los sucesos que marcaron esa época de los Estados Unidos, sin que la cronología de los hechos históricos importe un cuerno.

Más que el respeto a la “fidelidad documental” cuentan los trucos de ilusionismo ante las cámaras que puntúan el desarrollo de la película. De ilusionismo y de juego de máscaras, porque todo en esta película parece impulsado por el azar, el capricho, las improvisaciones y la casualidad. La “performance” permanente.

Mientras veía “Rolling Thunder Revue” no podía dejar de pensar en la “troupe” de “La carroza de oro”, de Jean Renoir, con sus personajes de la “comedia del arte” llegando a teatros desastrados en muchas ciudades para montarse sobre el escenario y colocarse las máscaras más convenientes.

Pero no solo eso. Esta “revue” scorsesiana, que salta de modo permanente de la boca del escenario al “backstage”, es también el homenaje al empeño de un grupo de artistas que tienen un pie en el artificio y el otro en la realidad. Mejor, que modelan sus vidas y trayectorias no solo como una gira permanente, sino como una representación sin fin, como Anna Magnani con Renoir, o Jean-Louis Barrault, en “Los niños del paraíso. Y Dylan es el mejor ejemplo de ello, aunque Allen Ginsberg no se quede atrás. Ni la Joan Baez travestida y de bigote pintado que posa con el modelo original del simulacro.

El montaje de la película –tan distinto del estilo de los documentales de Netflix- apuesta también a la mascarada, al guiño de complicidad, al “fake” que se oculta y se revela, a la mezcla de los registros documentales netos con las escenas actuadas, como en “Renaldo y Clara”, que Dylan filmó en aquella época, y de la que vemos fragmentos. Este “Rolling Thunder Revue” es un pequeño, pero muy estimulante y complejo, caos.

Scorsese admira a Bob Dylan – es la segunda película que le dedica-, pero admira más el espíritu de los grupos humanos y sus empeños colectivos, tanto los consagrados a la fe como a la criminalidad. Pruebas al canto: “Calles peligrosas”, “El último Rock”, “Buenos Muchachos”, “Pandillas de Nueva York”, “Silencio”, entre algunas otras. Por eso, aquí se detiene para describir la convivencia de seres muy distintos, pero unidos en la pasión por la música, la ilusión y lo carnavalesco. Convivencia a veces difícil, dados los egos involucrados –lo que recuerda a “Nashville”, de Robert Altman, al que se le lanza un guiño por “Tanner’88”-. Lo comprobamos con los testimonios de los miembros del grupo: los verdaderos y los falsos. Porque si no existen los testigos, Scorsese los saca del sombrero de copa, prolongando los trucos de Méliès o los de Orson Welles en “F for Fake”. Total, como dice la locución italiana, “se non è vero, è ben trovato”.

Aquí se evoca la gira que Dylan realizó cuando aún no había nacido.

Ricardo Bedoya

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