Annabelle 3: Viene a casa

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“Annabelle 3: Viene a casa” amplía el “expediente Warren”, un ciclo de historias de terror iniciado por “El conjuro”, y que incluye a “La monja”. Esta vez, la dirección es de  Gary Dauberman, guionista de algunas de ellas. Y acierta. Esta es una de los mejores títulos de la serie producida por James Wan.

Annabelle vuelve a la casa de los personajes que interpretan Patrick Wilson y Vera Farmiga. Ni las bendiciones católicas, ni las llaves de la urna de cristal en la que la encierran, impiden a la muñeca zafar de sus ataduras para convocar a un montón de espíritus desencarnados y apoderarse del alma de algún prójimo.

Esta vez, las víctimas son una niña y dos muchachas adolescentes. Lo que nos remite al cine de terror de los años setenta y ochenta, pero no en onda slasher, sino en plan más denso y cargado, cabeceando “El centinela de los malditos” con “El intermediario del diablo”. Dauberman sabe modular el horror. Evita asaltarnos con sustos y sorpresas cronometradas en su frecuencia. Prefiere describir el proceso del sentir miedo. El terror se sustenta en la incertidumbre y en la espera.

Por eso, las situaciones se toman su tiempo, las acciones se dilatan, la cámara se mueve con lentitud hacia el lugar señalado por el mal. Es lo que ocurre en las dos mejores secuencias de la película: la primera entrada de Katie Sarife al gabinete de objetos diabólicos de los Warren y el incidente de Madison Iseman con las monedas destinadas para el Barquero. Dauberman deja que la inquietud se instale, progrese y asalte. Con calma, con temple de narrador.

Un ruido súbito, la caída de un objeto, el perfil de una figura extraña en el fondo, lo que parece divisarse por una rendija, una puerta que se cierra de golpe, la muñeca que deja caer la cabeza de modo brusco, las monedas que ruedan por el suelo sin que nadie las haya impulsado. Esos son los elementos del horror, sin apoyo de mayores estridencias. Los espectros quedan para el final y se regulan a cuentagotas

Todo sucede dentro de la casa de los esposos Warren, esa pareja especializada en realizar exorcismos y lidiar con hechos paranormales. La mansión tiene un cuarto al que no se debe entrar y que contiene los instrumentos del demonio. El que viole la prohibición, deberá enfrentar un viaje por espacios siniestros que se abren y se multiplican. La casa parece desdoblarse, ampliarse, convertirse en el espacio recorrido por un tren fantasma. Pero uno de verdad. El que te pasea por el dominio de la novia ensangrentada, del samurái vengador, del siniestro mono tamborilero, de los cadáveres con monedas en los ojos, y de Annabelle, la que convoca a todo el mal.

Ricardo Bedoya

 

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