Dolor y gloria

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“Dolor y gloria” será, tal vez, una de las películas más recordadas de la obra de Pedro Almodóvar. Acaso, porque es la que más se identifica con su propia personalidad. Lo explica el personaje principal, Salvador Mallo (Antonio Banderas), en el momento en que entrega el texto de un monólogo que escribió hace años para sacarse un dolor de encima. Le pide al actor (Asier Etxeandía) que lo interpretará que mantenga al autor en el anonimato o que recurra a un seudónimo. “Es muy confesional y no quiero que me reconozcan”, dice.

El director de la película se proyecta en su personaje principal. Y todos lo reconocemos. En este caso, se ligan las identidades del realizador Almodóvar, como sujeto, el “autor” de “Dolor y gloria” –esa figura textual-, y el narrador, ese “yo” que se enuncia en la película misma, conduce las acciones y habla de sus dolores corporales y decepciones.

El director de cine que interpreta Banderas remite a Almodóvar. Pero el director de “Todo sobre mi madre” y “Hable con ella” está protegido por las reglas de la ficción, que admite mentiras, fantasías y licencias. Por eso, “Dolor y gloria” no es una autobiografía documentada. Es otra cosa. Lo que narra puede ser verdad o no. Eso no importa. Lo que interesa es que tenga potencia emocional y autenticidad. Y es lo que encontramos aquí.

El francés Roger Odin distingue dos modos de incorporar el “yo” del autor en su propia obra: el “yo histórico”, y el “yo lírico”. Almodóvar incorpora el segundo.

“Dolor y gloria” es un relato de vida. Se ofrece de modo fragmentario, con saltos temporales constantes. Pero a pesar de esas discontinuidades y quiebres, jamás se producen disonancias. Por el contrario, todo tiende a una disposición armónica, en la que se alternan la evocación feliz con la vivencia de la crisis y el dolor.

La imagen inicial parece darle sentido al conjunto: Salvador está sumergido en una piscina. Flota, mientras la cámara recorre una cicatriz vertical que le atraviesa pecho y abdomen. Así de dividida y flotante es la película misma.

“Dolor y gloria es una inmersión en la memoria. Se la recorre casi de un modo ingrávido, como flotando sobre parcelas desperdigadas de sensaciones y afectos. Y está partida en dos: la evocación luminosa de la infancia, con la presencia solar de la madre joven (Penélope Cruz); y la penumbra del presente, condensada en la atmósfera del departamento de Salvador, de ventanas cerradas y oscuridad. Es la clave baja luminosa que no hiere al que padece de migrañas.

Cuatro ejes, que se identifican con cuatro personajes, organizan el relato. Dos pertenecen al pasado, pero influyen hasta hoy. La madre joven, y el albañil al que Salvador enseñó a leer y escribir. Ambas presencias se vinculan con el descubrimiento de la sensualidad.  A ellos les corresponden las secuencias diurnas de la memoria, los colores claros, las sábanas que se ondulan y secan al borde del río, las canciones tradicionales (“siempre a la verita tuya, hasta que de amor me muera”), las paredes blancas de la « cueva » en la que vive la familia, los rayos del sol que entran por el tragaluz, la canción que interpreta Mina, el resplandor del cuerpo desnudo del albañil que ciega y fulmina al niño, dejándole marcada la fiebre de la sexualidad para siempre: el desmayo de la “carne trémula”.

Los otros dos personajes encarnan cuentas no resueltas para Salvador. Los vemos siempre en el tiempo presente del relato, pese a que fueron importantes otrora. Son el protagonista de una de las películas que hizo tres décadas atrás, y Federico (Leonardo Sbaraglia), el hombre del que se enamoró, al que dejó ir, y que vuelve para cerrar una etapa. Ellos están asociados a los espacios oscuros, a las dudas sobre el futuro creativo, al fantasma de la adicción, a los padecimientos corporales, al impulso de dejadez que le impide ir a la Filmoteca Española (en una secuencia en la que Banderas imita la voz y el estilo de hablar de Almodóvar, además del peinado, por supuesto),  al cotejo con las decepciones que ambos le provocaron en su momento. Se asocian con aquellos episodios de su vida en los que Salvador infringió las leyes del deseo.  

Esos cuatro pilares sustentan la arquitectura de la película e impulsan la situación dramática central: el conflicto entre la ruinosa realidad que padece un hombre en crisis y la imagen de lo que pudo haber sido su vida, de no ser la que fue.

En su segunda mitad, “Dolor y gloria” gana en fuerza emocional, superando las debilidades de la primera, que resulta algo ilustrativa y extendida (sobre todo en los diálogos del reencuentro con el actor), pero con dos secuencias notables: la de las mujeres lavando en el río y la de animación con el señalamiento de las zonas sensibles del cuerpo de Salvador.  

Conforme avanza, la película confronta al protagonista con las oportunidades que perdió a causa de su necedad, su egolatría o sus decisiones equivocadas. Deja el estado de flotación y actúa. Entrega el texto teatral al protagonista de “Sabor”, cuya actuación lo dejó insatisfecho hace treinta años, pero que ahora ve de otra manera. Se anima a recibir a Federico en la penumbra de su departamento para hacer una breve y contenida ceremonia del adiós. Conversa con la madre anciana (Julieta Serrano), que vivió con el sinsabor de no haber acompañado a su hijo a Madrid, hace más de tres décadas, en plena era de la movida. Recupera el dibujo que le hizo el albañil que le introdujo a la urgencia del deseo.

Cada encuentro con uno de esos personajes se convierte en un hecho extraordinario, un momento privilegiado, señalado por el dominio de un encuadre alejado de cualquier exhibición de  virtuosismo. Encuadres siempre limpios, frontales, ceñidos. Como los que registran el beso con Sbaraglia y la despedida en el ascensor, el trávelin que acompaña el diálogo con la madre, la representación del monólogo teatral (en la que Salvador está presente en ausencia) y la adquisición del dibujo y la lectura del mensaje del alumno que, sin quererlo, se convirtió en maestro.

Y luego de repasar por los asuntos e imágenes clásicas del cine de Almodóvar, desde las presencias femeninas protectoras (la madre, Chavela Vargas) hasta la mala educación impartida por los curas que tachan de paganos a The Beatles y al cine, pasando por el recuerdo de los iniciales y libertarios años ochenta y el inicio del deseo sexual; luego de recorrer todas esas imágenes, decía, aparece la pantalla cinematográfica y el trabajo del rodaje como terapia y como posibilidad de iniciar una segunda oportunidad. Un recomenzar, ligado con la madurez, pero sin renunciar a las insolencias de antes.

Libertades que están todas aquí, pero moduladas, apaciguadas, al cabo de ese tránsito creativo y personal que se inició con “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”. Eso explica el guiño irónico lanzado a “Cómo acabar con la contracultura”, el interesante libro de Jordi Costa.

De más está decir que la imagen final, que liga el artificio del cine con la real emoción de la figura materna, es antológica, y nos incita a darle una nueva significación a todo lo visto hasta ese momento.

Ricardo Bedoya

2 thoughts on “Dolor y gloria

  1. Para mí, desde hace años, los comentarios de Ricardo Bedoya son imprescindibles.
    Me parece el mejor critico de cine. Además, tiene la capacidad de escribir con una “prosa poética” con la que muestra su gran pasión por el Séptimo Arte.
    Agradezco que exista este blog.

  2. Antes que nada, totalmente de acurerdo con lo escrito por Blanca Carrillo Mendoza.

    Respecto al juego de espejos entre realidad y ficción en “Dolor y gloria”, es interesante que Almodóvar emplee a Penélope Cruz como la madre de Salvador en las escenas de su infancia y a Julieta Serrano como su madre en la adultez. El poco parecido físico entre ambas actrices es subrallado en la primera escena en la que aparece la madre anciana, que muestra ostensiblemente el celeste de sus ojos en abierto contraste con el negro de los de la madre jóven. Realidad “factual” y realidad “filmada” se entrelazan dejando a criterio del espectador decidir cuál es cuál.

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