Festival de Cine de Lima 2019: Roubaix: una luz

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Con “Roubaix: una luz”, Arnaud Desplechin pareciera dar un giro en su obra, pero en realidad se trata de una prolongación. Gran conocedor del cine francés, aquí se orienta al terreno del “polar”, esa modalidad francesa del género criminal, en la variante de investigación policial. Vertiente frecuentada por Claude Sautet, Jacques Deray, Jose Giovanni o Claude Miller, cuyo “Garde à vue” es una referencia de “Roubaix: una luz”. 

Desplechin, además, ambienta las acciones en su ciudad natal, esa Roubaix que sufre los efectos del abandono de las actividades industriales y de la pobreza. El protagonista, interpretado por  Roschdy Zem, está sacado de una película de género. Es un policía duro y recto, argelino por descendencia, una suerte de Jean Gabin o Lino Ventura de estos tiempos. Y tiene el desencanto del que ha visto la decadencia del lugar, la corrupción creciente y el incremento de los delitos de odio.

La película tiene dos tiempos. En el primero, se acumulan los “faits divers”, los incidentes criminales cotidianos que permiten ir conociendo el trabajo de la policía de Roubaix y las diferencias culturales y de clase que dividen a la ciudad.  El tratamiento es seco, distanciado, nocturno, con un acento documental que evoca el de los policiales que hizo la Fox en los años cuarenta, fusionando la intriga de la pesquisa y el detalle de las incursiones policiales y rutinas de investigación. Pero hay un costado didáctico que lo enfría todo.

Hasta que ocurre un crimen que parte la película. Aparecen en escena Léa Seydoux y Sara Forestier, sospechosas de ser autoras del asesinato, y se inicia un juego de simulaciones, contradicciones, falsas apariencias, testimonios reales o mentiras bien expuestas. Las dos mujeres comparecen y “Roubaix: una luz” se concentra en sus rostros y en sus declaraciones. Desplechin ancla las acciones en las palabras de cada una de ellas y en la reconstrucción de los hechos, que puede ser tan auténtica o falsa como sus manifestaciones orales. La película gana peso y consistencia apostando a la nitidez de la exposición, a la limpieza de los primeros planos, a la concentración dramática, y a la notable presencia de Seydoux y Forestier.   

Ricardo Bedoya

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