Jasmine

 

Notable  “Jasmine”. Concisa, esencial, casi desnuda. El pasado y el presente se alternan con una fluidez que no solo es funcional: es implacable. Porque la mórbida locuacidad del personaje de Cate Blanchett, esa flor del crepúsculo, no se explica sin los resplandores (de relumbrón) de antaño.  Como el San Francisco proletario de hoy tampoco tiene sentido sin el confortable Manhattan de otrora.

Todo el desarrollo dramático de la película está organizado sobre dualidades. Los personajes se duplican como reflejos inversos (los destinos de las hermanas; sus maridos; los dos millonarios, el codicioso y el “honesto”); dos espacios, o mundos sociales, se enfrentan y contrastan; el ayer y el presente son antagónicos: uno era el lugar de la ilusión sustentada con Martinis y Xanax, mientras que el actual es trágico. La esquizoide Jasmine construye dos personajes: la socialité neoyorquina; la trabajadora de San Francisco. Los dos roles se desploman. Jasmine se inserta en la línea de mujeres “dobles” o reflejadas del cine de Allen:”Melinda y Melinda”, “La otra mujer”, la Mia Farrow de “La rosa púrpura del Cairo”, escindida entre la ilusión de un filme de la RKO y la Gran Depresión.

Allen agrega un motivo de contraste adicional: el drama tiene como contrapunto una pizca de sátira y humor. El blanco: los pillos inversionistas, aprendices de Jordan Belfort; pero también (mediando la incorrección política) los rudos trabajadores de San Francisco, descendientes de Stanley Kowalski.  Aunque estos, más allá de su “grosería”, sean los únicos capaces de sostener una pasión humana, como ocurre con Chili (muy bueno Bobby Cannavale)

Entre dos posibilidades siempre cabe una elección. A Jasmine le ocurre un hecho que quiebra su fantasía. Ante eso, le cabe pisar fuerte y anclarse en la realidad, o fugar hacia la locura. Hay algo que evoca las trayectorias de las heroínas de Mizoguchi.  Triste Jasmine.

Cate Blanchett es formidable, sí, aunque la técnica le brote por todos los poros. Allen castiga al personaje con la caída, el exilio, la culpa y el desencanto. Algunos dirán que se ensaña con ella. Tal vez sea así, pero reserva para la actriz algunos primeros planos dolorosos y turbadores, casi registros documentales de su rostro. Ellos trascienden cualquier artificio del Actor’s Studio y los acercan a los retratos de Ingrid Bergman filmados por Rossellini, o a los de Gena Rowlands  por Cassavetes. Aunque algunos parentescos argumentales remitan la historia de Jasmine a la de Blanche Dubois, sus verdaderos ancestros se encuentran en esas mujeres bajo la influencia.

Otra presencia formidable en la película: Sally Hawkins, como Ginger.

Ricardo Bedoya

One thought on “Jasmine

  1. Impresiona la fluencia de escenas; la naturalidad con que alternan tiempos y espacios; y la intensidad despiadada del retrato de una mujer que ilustra la descripción de la locura como “un sueño que se fija” de Rayuela de Cortázar. Allen hace una posiblemente estudiada dispersión de ironías con connotaciones pequeñas o mayores: la hermana se llama Ginger, no sabe seguir la música y quien la corteja en la fiesta, al oír su nombre -asociándola a Ginger Rogers, pareja de los musicales de Fred Astaire- comenta lo bien que baila (a fin de llevarla a la cama); el sucio, rudo y fortachón Chili, ridículo en su nombre y frágil y hasta enternecedor llorando por Ginger entre los vegetales de un supermercado, consolado por el arrugado kleenex de un empleador oriental; y, también, el ficticio trabajo de Jasmine: decoradora de interiores, ella que erra desconectada de la realidad, que rehuyó cualquier oficio, que nunca terminó sus estudios universitarios, que miraba a otro lado cada vez que firmaba un papel de su esposo millonario y estafador, que engaña aquí y allá, y ante todo se engaña a sí mismo, ella, que está fuera del mundo y de sí -estremecedora escena final, cuya belleza proviene de su propia sequedad- se dedica a adornar, colgar cuadros, diseñar muebles y cubrir rincones de un “interior”. O acumula objetos para no ver lo que ha quedado de su vida tras la ruina y la muerte de su marido; o se trata de la conducta compulsiva de quien siempre ha vivido para la compostura y el revestimiento rehuyendo la onerosa tarea que tiene todo humano de llenar con la vida -sus proyectos y fracasos propios- el vacío con que venimos al mundo (en que, recién nacidos, somos apenas pura posibilidad en un universo de consumo que nos conmina a serlo todo y disfrutarlo todo). Tal vez, no lo sé, Allen quiso esta vez ser feroz no con Jasmine, sino con la sociedad que la rodea. De cualquier modo, junto a Melinda y Melinda, Match Point y Midnight in Paris, de lo mejor de su última década de producción.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*
*
Website