Festival de Cine de Lima 2019: La vida invisible de Eurídice Gusmão y Beanpole

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Dos mujeres en tiempos difíciles. En “La vida invisible de Eurídice Gusmão”, son hermanas. En “Beanpole” (foto), compañeras que mantienen una relación conflictiva. El entorno social dicta sus trayectorias. En el Brasil de los años cincuenta se impone la inflexible ley del padre. En el Leningrado de 1945, todos son supervivientes.

Las hermanas brasileñas siguen un destino novelesco, por momentos de auténtico melodrama. En otros momentos, de folletín con golpes de efecto sentimentales, como en la conclusión. Conforme la situación se desarrolla –se dilata, más bien-, la densidad del relato cede el paso al comentario social y a la ilustración de los asuntos del debate actual, sobre el lugar del patriarcado y el destino fijado para las mujeres. Karim Aïnouz ambienta con maniática precisión, narra con soltura, dirige con seguridad a sus dos formidables actrices principales, logra una secuencia notable (la del desencuentro de las hermanas en el restaurante),  pero no logra desembarazarse del peso de las situaciones tópicas y de los personajes de comportamientos más o menos estereotipados y previsibles, diseñados de un solo trazo (la pianista, el padre intolerante, el marido abusador, la hermana “vergonzante”). Al final, se extraña un abordaje frontal del melodrama, aun con sus excesos y anacronismos (asumiendo el riesgo de la “incorrección”), sin tantos remilgos y salvaguardas.  Es probable que se lleve varios premios del festival: es la película consensual por excelencia.    

“Beanpole”, en cambio, prefiere el encierro y la concentración. El ruso Kantemir Balagov –realizador de la notable “Tesnota”- es un estilista, a veces hasta el límite del manierismo y la aplicación virtuosa. Compone la imagen con minucia; carga las atmósferas; trabaja con una paleta cromática de tienes oscuros, rojos apagados y azules muy fríos; aporta densidad a la situación que tiene entre manos, que ya es bastante sórdida.  No solo porque exhibe una situación de violencia institucionalizada contra las mujeres, sino porque pone la fragilidad y la “diferencia” de los cuerpos como asunto central de la película. Cuerpos femeninos socavados, esterilizados, segregados. Lo que genera traumas, fijaciones y el deseo de remediar los “menoscabos” con un contrato perverso cuya clausula principal no se puede revelar.  

Ricardo Bedoya  

   

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