Había una vez en Hollywood

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Una secuencia lo condensa todo. El personaje de Cliff Booth (Brad Pitt), ese vaquero sombra, el doble que pone el cuerpo en las secuencias riesgosas que le tocan a Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), vaquero televisivo en decadencia, llega al rancho ocupado por el clan Manson. Tarantino imagina la secuencia como la de un western, acaso el único posible en 1969, en los días del estreno de “La pandilla salvaje”, con su grupo de vaqueros crepusculares.

Cliff-Pitt entra en el espacio del rancho como si anduviese por un pueblo fantasma del Oeste. Las escenografías han sido abandonadas. Los equipos, desmontados. El espacio es espectral. Los nuevos habitantes miran desconfiados por las ventanas a ese recién llegado de intenciones sospechosas. Cliff avanza como si fuese Wyatt Earp entrando a un Tombstone amenazante. Los ocupantes de los viejos sets parecen mutantes, conspiradores; lucen como hippies, pero han abandonado los ideales y pervertido las creencias, torciendo la fe en la bienhechora Era de Acuario y los veranos de amor.

Los andares de Pitt son vigorosos, pero se refrenan ante la realidad que encierra la rústica casa principal del lugar, donde yace, sin memoria ni voluntad, un vaquero de otros tiempos. Es Bruce Dern –ese icono del cine de los setenta-, pero pudo ser Edmond O´Brien o Arthur Kennedy o, mejor aún, Walter Brennan o Ward Bond. El deterioro del hombre de acción enfrenta a Cliff a su realidad de guerrero sombra, de doble de cuerpo, de simulacro en un tiempo de puros simulacros. Los tiempos en que el imaginario Rick Dalton aparece en una película llamada “Mátame rápido Ringo, dice el Gringo”, o en los que el verdadero Joseph Cotten –mano derecha del Orson Welles de otrora- debía aparecer en ínfimas producciones europeas, o Dean Martin – sí, el conmovedor actor de “Dios sabe cuánto amé” y “Río Bravo”- se meneaba al son de ritmos pop convertido en un Matt Helm que parodiaba las películas de James Bond.  

Estamos ante un rancho del western clásico, pero carcomido por termitas. El género más distintivo del cine de los Estados Unidos ha sido “intervenido” por los italianos y Hollywood está azotado por los vientos europeos, por las tempestades que llegan de Hong Kong y por la pérdida de la inocencia de los espectadores de su propio país. Se asoman nuevos personajes (los del Hollywood de los setenta) para los nuevos públicos. Se oponen en todo al Gary Cooper de siempre. El rancho al que llega Pitt hace las veces de umbral, de espacio liminal: ahí se incuban el Travis de “Taxi Driver”, la “Carrie” de Brian De Palma, el Kurtz de Coppola, la pareja de “Badlands”.   

El vaquero Cliff no llega a dar protección a los habitantes del rancho, sino que es enfrentado por ellos. No se dejan resguardar, agreden, le bajan la llanta. Su reacción es dar un coletazo de revancha. Es un gesto voluntarioso, pero tan ilusorio como la propuesta misma de “Había una vez en Hollywood”: imaginar una fantasía alternativa en la que el cine (hasta las malas películas o los héroes en decadencia) son capaces de redimir los hechos bárbaros de la historia o reencauzar lo que en verdad ocurrió.

“El cine sustituye nuestra mirada por un mundo acorde con nuestros deseos”, decía André Bazin, citado luego por Godard. Y de eso se trata aquí, de reemplazar el testimonio de los hechos comprobables por ese mundo alternativo, acorde con los deseos o las fantasías más caprichosas. Como la de derrotar a Bruce Lee en su “juego de muerte”, dar una lección al clan Manson en su propio rancho, o conservar para siempre a Sharon Tate y a sus amigos. El cine toma revancha de los estropicios causados por la Historia. Después de todo, un relato que llega arropado con el evocativo “Había una vez…” se abre a todas las posibilidades fantásticas.[1]

Por eso, los hechos que registra la Historia en 1969, desde el paso lunar de Armstrong hasta las revueltas en Berkeley contra la guerra en Vietnam, son ausencias calculadas. Lo verdaderamente histórico para Tarantino es el momento en que Sharon Tate (Margot Robbie) entró a un cine para verse en “Las demoledoras” (“The Wrecking Crew”), o en el que Rick Dalton se emocionó hasta las lágrimas al ver su trabajo reconocido por una niña actriz en onda Actor´s Studio, una Meryl Streep en ciernes, un proyecto de Jodie Foster.  

El episodio westerniano de Pitt en territorio hostil es, de lejos, lo mejor de una película irregular e insatisfactoria.

En “Había una vez en Hollywood” se puede valorar la originalidad del concepto tanto como el compromiso emocional del director con sus personajes y con el mundo que muestra. Y el modo en que construye su estrategia visual para mostrar la ciudad y la ruina de su personaje central. Esos picados aéreos sobre el mapa de un Hollywood en crisis, con la cámara desplazándose para ligar los espacios de la mansión de Dalton, más bien solitaria y sombría, y la de la glamorosa pareja de moda conformada por el cineasta polaco triunfante de “El bebé de Rosemary” y la estrella en ascenso. O los jump cuts, esos cortes abruptos sobre el testimonio del ocaso del vaquero, que expresan mejor que cualquier discurso las rupturas inesperadas de la época y la discontinuidad de aquel momento en su vínculo con el Hollywood de antaño.

O apreciar lo que mejor le sale a Tarantino: filmar el vagabundeo, los recorridos en auto para detenerse de pronto ante la presencia de un cuerpo, un gesto, una postura sensual, como los de la chica Manson que pide que la “jalen” hasta el rancho. Lo que da pie a otra variante ficcional utópica, alternativa o redentora de la realidad, aludiendo a las acciones depredadoras de los Harvey Weinstein de siempre para colocarlas en un rango tan siniestro como lo que ocurrió en la residencia de Cielo Drive. Aunque esa situación esté cargada de ambigüedad por parte de Tarantino: el gesto de templanza ante la muchacha lo realiza alguien que ha sido acusado de matar a su esposa. Un guiño de ironía que también se reconoce en el trato a esos hippies moralizadores que preparan una degollina verdadera contra todos aquellos dirigentes de Hollywood que enseñaron a asesinar en la ficción, o en el gesto final de Leonardo DiCaprio que cambio el gimoteo por el malhumor y el cinismo al rechazar el cigarrillo al que le toca promocionar. 

 Pero reconocer todo eso no impide sentirse decepcionado con los desgajados treinta minutos finales, arriesgados y fascinantes como concepto, pero ejecutados de modo sumario, con la voz de un narrador que precipita unas acciones que contrastan con el tono más bien relajado o melancólico de las dos horas previas.

Insatisfacción también con el diseño de ciertos personajes, puestos ahí solo para redondear alguna idea –como el de Al Pacino- o con la chapucería con la que se presenta la secuencia de Bruce Lee, o con el tono cansino y reiterativo que adquieren algunos de los pasajes en que Rick Dalton se lamenta de su situación. O con la obviedad de algunos flashbacks o de diálogos que se prolongan sin tener jamás la brillantez de las líneas clásicas de Tarantino. O con la brocha gorda que se emplea para describir la experiencia en el spaghetti western de Dalton y la presentación de su esposa, esa caricatura sacada de alguna deficiente “comedia a la italiana”. Hay muchos chirridos y desniveles en esta fábula que suma “momentos privilegiados” y otros desconcertantes en una disparidad que afecta la consistencia de la película.

Aun así, con todos sus problemas, “Había una vez en Hollywood” resulta mucho más estimulante, inventiva y compleja que el montón de películas que desfilan cada semana por la cartelera.     

Ricardo Bedoya


[1] Resulta inexplicable que algunos digan que Tarantino desprecia o se mofa del western italiano, de Bruce Lee y de los hippies, identificando la opinión y los dichos de los personajes –que tienen bastantes motivos para sentirse desplazados por el spaghetti western, por la sensibilidad hippie y hasta por Bruce Lee- con el punto de vista del realizador o con lo que postula la película.  

One thought on “Había una vez en Hollywood

  1. Hola Ricardo, ¿este año no vas a hacer tu balance del festival de Lima? Siempre es muy estimulante e informativo. Ojalá que lo hagas antes que pierda actualidad.

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