Gracias a Dios

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“Gracias a Dios”, de François Ozon, se aleja de las piruetas estilísticas que suele acometer el director de “Sitcom”, “Frantz”, “La piscina”, “Joven y bonita”, “El amante doble”, entre otras.

Aquí evita los giros sorprendentes, los personajes extravagantes, las mascaradas y los equívocos. Decide ir al grano y narrar con temple clásico. Toma un caso de pederastia en el seno de la Iglesia Católica para retratar a un grupo de personajes que cargan con el peso de la violencia que se ejerció contra ellos.

Se podría asociar “Gracias a Dios” a “Spotlight”. De hecho, tienen vínculos. Pero también muestran diferencias fundamentales. Ozon desplaza el centro de interés narrativo de la pesquisa periodística hacia la situación de las víctimas y, sobre todo, hacia el registro de sus palabras. Mejor, hacia la forma en que esas palabras van adquiriendo valencias distintas. Quebrado el silencio inicial o la denegación, las palabras se modulan en las formas de la confidencia, el lamento, el testimonio, la protesta, la confesión, el alegato, la denuncia.

El tratamiento cinematográfico se pliega a esas modulaciones y se va alterando con la presentación de cada personaje y de sus acciones. Privilegia los planos cercanos para los personajes que interpretan Melvil Poupaud y Swann Arlaud. Atenúa la luminosidad en las escenas de cotejo con los sacerdotes. Se ciñe a la descripción de los entornos familiares de los personajes –que callaron, toleraron o ignoraron-  y describe con rasgos escuetos las diferencias sociales entre ellos. Tensa o crispa las atmósferas en las apariciones del contundente Denis Menochet,  y se vuelca a la melancolía al acercarse al personaje que interpreta Arlaud.   

A Ozon no le interesa crear suspenso sobre la ocurrencia de los hechos, ni sobre los modos en que se cometieron. Eso ya lo conocemos, o podemos imaginarlo. Le importa filmar el proceso que transforma a la memoria dolorosa en expresión. Registra los tránsitos interiores y muestra a los personajes como intérpretes de sí mismos. Como actores que van construyendo sus propios personajes mientras enfrentan el sedimento de su malestar. Que sacan su “rol” de las entrañas y lo van puliendo de modo progresivo. Hasta que la memoria se convierte en discurso.

La primera imagen de la película, con el prelado haciendo un gesto sacramental en las alturas de una ciudad de Lyon de apariencia trucada, de puro artificio digital, es la introducción para lo que viene luego: la crónica de un combate “realista” contra la “ilusión” fabricada por la institución religiosa de que nada se puede hacer ya porque todo ha sido superado por el tiempo o redimido por el perdón.   

En el centro de “Gracias a Dios” están los formidables actores Melvil Poupaud, Denis Ménochet, Éric Caravaca y Swann Arlaud. La película es un registro minucioso de sus cuerpos y expresiones, de la tensión que aportan. Pero, sobre todo, de sus voces, acentos y dicción, soportes de su indignación.

Ricardo Bedoya

  

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