Semana del cine 2019: Parásito

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“Parásito”, del coreano Bong Joon-ho, atrae por la precisión milimétrica de su puesta en escena. Es decir, por el rigor de su trabajo con el encuadre amplio, por el poder y presencia que adquieren los lugares y escenografías, por la maestría en la ubicación de los personajes y por el sentido de sus desplazamientos, casi coreográficos.

 Todos los asuntos tratados por la película, desde las desigualdades sociales hasta el enfrentamiento de clases, están encarnados en los espacios, en las distancias y en las posiciones que ocupan los cuerpos de los actores. Los que están arriba y los de abajo, los que se exponen y los que se ocultan, los que se exhiben y los que simulan, los que se reflejan en las puertas de vidrio y los que las penetran, los que habitan en los subterráneos, los que se esconden en el búnker y los que controlan la normalidad doméstica a través de pantallas y dispositivos electrónicos.

El juego de equilibrios, simetrías y reflejos es múltiple. Se cotejan dos casas y dos familias. El semisótano donde habitan unos personajes guarda correspondencia con la mansión de arquitectura racionalista de los otros que, a su vez, tiene dos espacios señalados, el visible y el oculto. La familia subterránea de cuatro miembros es como el reverso de la otra familia, también de cuatro miembros, ufana de su funcionalidad, en contraposición de la disfuncionalidad de aquella que la “invade”.  Hay dos grupos de “parásitos” y un cuerpo familiar parasitado que, a su turno, parasita a aquellos que están más allá del jardín de la mansión, esa frontera clasista.

Esa dinámica de inversiones también apunta a la paranoia nacional por la amenaza atómica del vecino del norte. Ella motiva a los propietarios de la casa de vidrio a mantener un espacio protegido. Pero esa obsesión por la seguridad revierte contra ellos. La infiltración de los Kim es física, pero también sensorial, mental. Ellos irradian el olor de su pobreza. Es un efluvio que no solo descompone el orden de la casa, de pulcro minimalismo, sino que penetra en el deseo y la sexualidad de la pareja burguesa que baja la guardia ante los “invasores”.

La mecánica de los equilibrios –y desequilibrios- se percibe en las filiaciones genéricas de la película. Cada paso de los Kim en el territorio de los Park  supone una incursión por el suspenso, por la comedia grotesca, por el thriller, por el slapstick, por el drama familiar, por la sátira social, por la dinámica de los cartoons clásicos de la Warner, por el clima fantástico de las películas de usurpadores de cuerpos, por las ficciones alegóricas sobre las diferencias sociales y cultuales y sus repercusiones en la estabilidad de una familia “visitada”- en la línea de “Teorema” o de “Lo scopone scientifico”, de Comencini. Repasa los elementos de cada uno de esas tendencias genéricas y vuelve una y otra vez sobre ellos, guardando siempre un giro sorpresivo.

En otras palabras, Bong Joon-ho juega con destreza de equilibrista con lo burlesco, lo irrealista, lo guiñolesco y hasta lo trágico. Toca todas las cuerdas y nada le falla.

Ricardo Bedoya    

 

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