Semana del cine 2019: Hasta siempre, hijo mío

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“Hasta siempre, hijo mío”, de Wang Xiaoshuai, es la historia de una pareja china que ve su vida quebrada por las políticas demográficas de un estado represor. La política del hijo único, adoptada por el gobierno chino durante los años ochenta, es, junto con la muerte de un hijo pequeño, el factor que impulsa este relato extenso y discontinuo que se ofrece como un drama íntimo y un fresco de cuarenta años de historia.

Los saltos temporales y el vaivén de las acciones, que se extienden por tres horas, están ligados por el impulso del melodrama, ese género que liga los destinos individuales con los imperativos de la sociedad. Mejor, que enfrenta a sus protagonistas con las demandas y rigores de las prescripciones sociales.

Los personajes principales se enfrentan a dos fatalidades. La que sobreviene como consecuencia de los dictámenes de los jerarcas del partido comunista y aquella, inevitable, que es la que “el cielo nos da”. De pérdida en pérdida, afrontan los cambios de los tiempos y de las políticas, desde los días de Deng Xiaoping.

Inermes, asisten a la muerte de un hijo, a la violencia burocrática, al desarraigo, al aislamiento en un puerto pesquero, a la separación de los amigos entrañables, a la incomunicación, al deterioro de su relación conyugal.  Y al paso desgastante del tiempo, marcado por los constantes retrocesos temporales, editados con claridad y maestría. La música,  ese elemento clave del melodrama, ancla la atmósfera emocional de la película, impregnada de nostalgia por lo que no se podrá recuperar jamás. La canción que habla de la despedida y del adiós es un motivo recurrente que acompaña los momentos clave de la acción. Es la que modula las partidas, los reencuentros y el cruce de los caminos seguidos por las familias y sus hijos. El hijo biológico, el hijo sustituto, el hijo perdido, el hijo proyectado, el hijo triunfador. Esta película es la crónica del desconcierto de los descendientes de aquella generación que sufrió los estragos de la Revolución Cultural. Los hijos perdidos del Gran Timonel.

En la media hora final encontramos el pico de la situación melodramática. La pareja que vela en el cementerio ubicado al frente de un paisaje de gran modernidad. Es una secuencia extraordinaria que evoca el cine de Jia Zhangke y su registro de los espacios ruinosos o arcaicos  que subsisten al lado de los ostentosos artefactos arquitectónicos de hoy.

Lo que sigue, el testimonio de las ruinas –físicas e ideológicas- dejadas por la trasformación del paisaje urbano de la China se resume en las imágenes de la estatua del Gran Timonel que pareciera alentar el consumo en la puerta de un “mall”, y en la visita a la vieja casa de la pareja, ahora vecina de un centro de masajes.

Ricardo Bedoya

 

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