La Gomera

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Una trama criminal le da consistencia al relato, pero lo sustancioso no está ahí. Como los silbidos de La Gomera, los datos del género cinematográfico son solo indicios, rasgos que remiten a un sistema, pistas que conducen a un conocimiento compartido, signos.

Por eso, los detalles argumentales son vagos. La trama, elíptica. El asunto central se oscurece conforme avanzan los minutos de proyección. Sin embargo, la continuidad del relato fluye con seguridad. Las situaciones tienen un nítido desarrollo interno. Hay un planteamiento y un desenlace, aun cuando el nudo resulte intrincado.

Más que una película “negra” o criminal, “La Gomera”, de Corneliu Porumboiu, es una suma de simulacros. Los personajes representan los gestos del género, interpretan sus formas y los “actúan” siguiendo las pautas clásicas, pero con distancia, sin pretender que nadie se identifique con sus peripecias y dejando los afanes de verosimilitud al margen.

La secuencia ambientada en una escenografía de aspecto fantasmal lo resume todo.  Es un “set” cinematográfico que podría tener usos múltiples: apto para filmar ahí la secuencia del pueblo abandonado del Oeste, la de la vieja usina en tiempos de crisis, o la del tiroteo climático en una película policial o de gánsteres. Es una cuestión de meras apariencias; el realismo es lo de menos. Basta con reconocer el espacio, sentir la impresión del lugar riesgoso, adivinar la posición de los francotiradores, y ya.  Todo se condensa en unos cuantos trazos. Pueden ser espacios evocadores, gestos que remiten a los de las villanas del “film noir”, lugares remotos y propicios para convertirse en refugio de los amantes, como en “Dark Passage”.

Las emociones son productos de lo sensible: como los silbidos de La Gomera.

Ricardo Bedoya          

Película vista en la Semana del Cine 2019     

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